Una vida encadenada a la obsolescencia programada

16/06/2020

Tiempo de lectura: 6 minutos

Imagina que llegas a casa y el electrodoméstico que habías comprado hace unos meses de repente ya no funciona y para peor coincidencia no puedes repararlo o cambiarlo, tienes que comprarte uno nuevo. Vas a la nevera y los yogures que has comprado hace dos semanas ves que tienen un color o un olor un tanto extraño y por precaución decides tirarlos. Y así con cada una de las cosas que conforman la vida material que te rodea. Es un caso algo extremo hoy en día, pero no muy alejado de la realidad que nos podría deparar en un futuro donde la obsolescencia programada sea algo con lo que tengamos que vivir, sin poder hacer nada al respecto.

¿Qué es ?

Según la Wikipedia,“La obsolescencia programada u obsolescencia planificada es la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño del mismo, este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible por diversos procedimientos, por ejemplo por falta de repuestos, y haya que comprar otro nuevo que lo sustituya”.

Hace muchos años, Vance Packard, economista, sociólogo y escritor estadounidense, publicó una serie de libros en los que desnudaba a la sociedad de consumo norteamericana, por aquel entonces (su libro The waste makers es de 1960) prácticamente la única que existía en el mundo. Packard trabajó un tema por entonces poco conocido, la obsolescencia programada. Planteó conceptos tan básicos como el “usar y tirar” dándoles un enfoque más radical. ¿Y si alguien fuerza o programa las cosas para que dejen de funcionar antes de tiempo?

Para hacerlo más visual y esquemático, el autor planteó una serie de obsolescencias para situaciones diferentes. Seguramente veas a diario nuevas versiones o productos que tú ya tienes pero con nuevas funciones que hacen que el tuyo parezca obsoleto y sientas que te quedas atrás tecnológicamente hablando. Mejores cámaras, más memoria, mejores baterías y mensajes similares que aparecen con cada nueva generación de teléfonos, eso es lo que se llamaría obsolescencia de función. Por otra parte, también puede ocurrirte que meses después de comprarte un objeto, este empiece a dar un mal funcionamiento. Teléfonos cuya batería no dura tanto, neveras que dejan de mantener la comida como deberían. Este caso en particular es la obsolescencia de calidad. Y por último se nos presenta aquella situación que todos hemos vivido, tenemos ropa con relativamente poco tiempo de uso, en perfecto estado, pero siempre salen rebajas o nuevas colecciones cada año que, básicamente por cuestiones de moda, las compramos. Esta última sería la obsolescencia de deseo.

¿Qué se está haciendo actualmente?

La UE, tras muchos años de no tener gran interés por el tema, está tomando cartas en el asunto y está lanzando el antiguo (pero ahora casi revolucionario concepto) del «derecho a reparar». Se trata en principio de poner freno a la proliferación de residuos eléctricos y electrónicos (móviles, tabletas, ordenadores, televisores y así).

¿El problema? La decisión de la UE (todavía por concretar) va completamente a contracorriente de los intereses de los fabricantes, que ganan mucho dinero vendiendo dispositivos todavía útiles pero que tienen la habilidad de hacer parecer obsoletos a los consumidores. La idea de la nueva política de la UE contra la obsolescencia programada tiene cuatro elementos importantes: artículos más duraderos, más fáciles de actualizar (vía software, principalmente), más fáciles de reparar y con materiales más fáciles de separar y después de reciclar.

Hay que recordar que la UE ya se ha sometido a medidas e iniciativas de este ámbito, por ejemplo en 2015 cuando la Comisión Europea adoptó el Plan de Economía Circular, para “contribuir a acelerar la transición de Europa hacia una economía circular, impulsar la competitividad mundial, promover el crecimiento económico sostenible y generar nuevos puestos de trabajo”. En conclusión podríamos decir que la economía circular es un concepto totalmente opuesto a la obsolescencia programada.

También existen normativas como la Certificación ISSOP (Innovación Sostenible Sin Obsolescencia Programada). Según FENISS (Fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada) ”se trata de una certificación impulsada por la Fundación que distingue a aquellas empresas que no incluyan la obsolescencia programada en la fabricación de sus productos o que, al menos, que sus productos sean reparables por un coste menor al de comprar uno nuevo».

¿Sostenibilidad y tecnología son términos compatibles en el futuro?

Con la forma de vida que ha quedado después de la cuarentena, es indudable pensar que la tecnología ha jugado un papel vital, tanto a la hora de mantener puestos de trabajo como protegiendo e informando sobre el estado de esta pandemia. De ahí que a partir de ahora nos planteemos varias cuestiones. ¿La tecnología relacionada con el coronavirus podría tener su propia obsolescencia programada? En lo que se refiere al más que sonado tema de las mascarillas y prototipos de filtros de aire personalizados que se están empezando a incorporar, nos debemos plantear si todos estos sistemas podrían ser nuevos objetos en los que la obsolescencia programada podría jugar un papel vital, es decir, mascarillas muy poco útiles que se acaban desgastando, sistemas de depuración de aire que con el tiempo funcionarán cada vez peor, etc.

Nos internaríamos en un consumismo excesivo y ya se han visto imágenes de millones de mascarillas en los océanos, es decir, estamos sobreexcediendo los límites que puede soportar el planeta a la vez que gastamos recursos sin parar.

Todo lo anterior estaría relacionado con la salud personal, pero si esta cuarentena ha servido de lección para ver que ciertos puestos de trabajo podrían arreglarse con un ordenador desde casa, nos podemos cuestionar si esa propia tecnología que ayuda a las personas a seguir con su vida cotidiana, podría suponer en un futuro un gasto constante y un derroche tecnológico para el cual a lo mejor no estamos preparados.

Como conclusión final debemos preguntarnos si cada avance de la tecnología, ya sea grande o pequeño, pueda hacernos esclavos de un consumismo, debido a que cada objeto nuevo que aparezca en el mercado podría llevar de serie una fecha aproximada en la cual dejará de funcionar o se estropeará, conduciendo a las personas a una vida encadenada a la obsolescencia programada.

No debemos ser pesimistas y desconfiar de todos los avances que nos depare el futuro, al contrario, hay que alegrarse de todo pequeño paso que hagamos hacia una mayor efectividad en nuestro procesos y todo ello ligado a una sostenibilidad para respetar al máximo los recursos que nos proporciona el planeta Tierra, al cual debemos todo lo que somos.

Álvaro Pastoriza García-Madrid

Fotografía: Andras Vas en Unsplash.

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