Reducir no es retroceder

14/04/2026

Tiempo de lectura: 8 minutos

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En 2025, la media de las personas residentes en España que completaron nuestra encuesta de huella ecológica personal fue de 2,59 planetas Tierra, frente a los 2,47 de 2019. Es decir: si toda la humanidad viviese igual, necesitaríamos casi dos planetas y medio para sostenerlo. Planetas que, como es evidente, no tenemos. ¿Qué implica entonces reducir nuestra huella? ¿Es posible hacerlo sin renunciar a lo que nos importa, o incluso viviendo mejor? La respuesta, como veremos, es más alentadora de lo que podría parecer.

Cada año, consumimos más recursos de los que el planeta es capaz de regenerar. Ese desequilibrio no se reparte igual: una pequeña parte de la población mundial (principalmente en el norte global) consume de forma desproporcionada, mientras un sistema económico diseñado para vender más –no para cubrir necesidades- concentra la riqueza en cada vez menos manos y profundiza las desigualdades. Extraemos una cantidad significativa de recursos del planeta, sin que esto aumente necesariamente nuestro bienestar. 

La buena noticia es que ajustar ese rumbo no implica renunciar a lo que realmente importa, y más por el contrario. Producir y consumir de forma más responsable y ajustada a lo que el planeta puede sostener, desperdiciando menos y reduciendo desigualdades no es un sacrificio: es recuperar tiempo, vínculos y calidad de vida.

¿Crecer por crecer?

En la UE, la idea de abandonar el PIB –Producto Interior Bruto, la medida tradicional del tamaño de una economía– como indicador del bienestar de un país lleva más tiempo sobre la mesa de lo que podría parecer: desde 2007, la conferencia Beyond GDP ya ponía en cuestión que el crecimiento económico fuese sinónimo de progreso, aunque estas cuestiones empezaron a surgir en los años 70. Y no es para menos. El PIB puede seguir subiendo mientras se talan hectáreas de bosque, se perforan territorios enteros en busca de petróleo y minerales, se pierde biodiversidad, o crecen el desempleo, la pobreza y la desigualdad. Es un indicador que mide cuánto se produce y se vende, no si una sociedad vive mejor.

Por ello, crecer por crecer la economía de un país, basándonos ciegamente en una métrica discapacitada, llega a tener el mismo efecto que un “tumor” que crece en el cuerpo de una persona. Nos ha traído la triple crisis planetaria: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación, además de las diversas crisis humanitarias y la inmensa desigualdad que vemos por el mundo, entre otras crisis.

Modelos alternativos

Las personas expertas y académicas se han puesto a buscar soluciones y modelos que vayan más a favor del bienestar colectivo y no solo de una minúscula parte de la población. Desde lo que comemos a cómo nos movemos y desde cómo habitamos a cómo interactuamos y trabajamos, existen formas estudiadas que pueden ser adaptadas en contextos locales que contribuyen a combatir estos problemas. Son ideas que se agrupan bajo conceptos como el post-crecimiento o el decrecimiento.

Muchas veces, al leer o oír los nombres de estos conceptos, las personas tienden a echarse para atrás por sentir que estos se traducirían en un sacrificio a su bienestar y comodidad. Esta es una de las razones por la que también se genera una cierta resistencia social en relación a estos conceptos. Sin embargo, el estudio Assessing public support for degrowth: survey-based experimental and predictive studies, publicado en 2025, mostró como la gran mayoría de las personas conectan con las propuestas de las agendas del decrecimiento y post-crecimiento, pero demuestran algún rechazo al presentarse con los nombres o etiquetas. Como resultado, para poder implementar estas ideas en los marcos políticos de forma más eficiente, debemos evitar el uso de etiquetas y enfocarnos en comunicar el núcleo de los conceptos. 

El consumo y el bienestar

El artículo académico, Reducing without losing: Reduced consumption and its implications for well-being, publicado en 2024, ha comparado una gran selección de estudios realizados en distintos contextos sociales, económicos y geográficos sobre el nexo entre el bienestar y el consumo. El análisis concluyó que, si bien consumir puede mejorar significativamente el bienestar de una persona, el sobreconsumo tiende a ser perjudicial para este o, simplemente, a no aportarle nada. El mismo estudio muestra que las reducciones de consumo tienden a traducirse o en cambios positivos o en ningún cambio significativo (aunque también se detectó una minoría de casos de correlación negativa). 

El mismo artículo muestra que la relación entre consumo y bienestar, además, funciona en los dos sentidos. Diversos estudios analizados apuntan a que el estado emocional influye directamente en cómo consumimos: las personas con depresión o tristeza tienden a consumir más, especialmente productos hedónicos, mientras que las personas más felices tienden a consumir menos. La gratitud, por su parte, ha demostrado ser un freno natural ante el sobreconsumo. En otras palabras, cuidar nuestro bienestar emocional no es solo una recompensa de consumir de forma más consciente: es también una de sus causas.

En lugares más ricos –y con elevados niveles de consumo– hay un gran potencial para la reducción del consumo sin afectar el bienestar, o incluso mejorándolo. Pero si fuese tan sencillo, a lo mejor no estaríamos escribiendo este artículo. Reducir el consumo tiene sus barreras: la presión de grupo y las normas sociales son difíciles de resistir, y las empresas llevan décadas perfeccionando estrategias para moldear nuestra percepción de lo que necesitamos o lo que nos hace sentir bien. Por eso, aunque el cambio individual importa, no puede recaer únicamente en cada persona. Es imprescindible un marco regulatorio que limite la capacidad de las empresas para manipular nuestras decisiones de consumo –un mercado más justo– y que acompañe y facilite los cambios que, a título individual, son mucho más difíciles de sostener.

Más allá del crecimiento, en práctica

Estas ideas no son utopías: hay experiencias concretas que demuestran que otro modelo es posible.

Islandia y, más cerca, Valencia, han experimentado con la jornada laboral reducida sin reducción de salario, con resultados positivos en productividad y bienestar. En el País Vasco, la Corporación Mondragón lleva décadas priorizando la estabilidad del empleo sobre el beneficio, demostrando que una empresa puede operar con otra lógica y seguir siendo viable. A escala urbana, ciudades como Ámsterdam o Barcelona han apostado por infraestructuras que priorizan al peatón, al ciclista y al transporte público, recuperando espacio para la comunidad. En alimentación, la agroecología frente a la agricultura industrial ofrece una forma de producir que respeta la biodiversidad, cuida el suelo y no compromete la salud de las personas ni de los ecosistemas. Está creciendo la cantidad de cooperativas de consumo agroecológico, que conectan directamente productores locales con las personas consumidoras, eliminando intermediarios y garantizando condiciones más justas para quienes cultivan.

A escala comunitaria, los Repair Cafés –casi 4.000 en todo el mundo– son espacios donde vecinos y vecinas reparan objetos en lugar de tirarlos, generando vínculos mientras combaten la obsolescencia programada. Los makerspaces, talleres compartidos donde las comunidades ponen en común herramientas y conocimiento, apuntan en la misma dirección: consumir menos sin perder capacidad, e incluso ganando comunidad.

¿Por dónde empiezo?

Todo cambio empieza por conocerse. Saber cómo vivimos, qué consumimos y qué huella dejamos no es un ejercicio de culpabilidad, sino el primer paso para tomar decisiones más conscientes. Por eso tenemos disponible una encuesta de huella ecológica que, en pocos minutos, te da una imagen clara de tu impacto en ámbitos como la alimentación, el transporte, la energía, el agua o los residuos. No para juzgar, sino para entender desde dónde partimos, cada uno desde su contexto y sus posibilidades.

Únete a las miles de personas que ya han estimado su huella ecológica personal… y han comenzado a reducirla. Accede a nuestra encuesta de huella ecológica e identifica acciones para reducir tu huella ecológica.

Diogo de Melo

Fundación Vida Sostenible

Fotografía: Fresneda en Granja Prados Montes. Montejo de la Sierra (Comunidad de Madrid). Autoría: Lola Hermida (FVS). 2025.

Referencias:

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