Fotografía: James Thornton en Unsplash

El 71% de la superficie total de la Tierra está ocupada por agua, del cual el 96,5% es agua salada, es decir, perteneciente a mares y océanos. El medio marítimo ha jugado un papel fundamental en la historia pasada y presente del ser humano, desde los pequeños poblados de pescadores hasta grandes ciudades portuarias líderes en el sector del comercio.

La importancia que recae sobre los mares y océanos, es mucho mayor de la que muchos podamos llegar a pensar. Por nuestra parte (el ser humano) su importancia es aún mayor, ya que no solamente desempeña un papel ecológico fundamental, sino que su repercusión a nivel económico es colosal, ya que constituye uno de los pilares fundamentales del comercio, la industria alimentaria y el turismo. En el año 2015, el 74% del comercio internacional en España se realizó por transporte marítimo, siendo la media Europea el 51%. Esto sitúa al transporte marítimo como el principal medio de transporte de mercancía internacional. El sector alimenticio no se queda muy por detrás, ya que en 2016 se capturaron un total de 170,9 millones de toneladas de peces, moluscos y demás alimentos procedentes del mar, siendo la acuicultura una aportación fundamental al sector (47%). Este sector da trabajo a más de 60 millones de personas anualmente, siendo China el mayor productor mundial (por mucha diferencia) de productos alimenticios procedentes del mar. En cuanto al turismo, creo que no hace falta decir el papel fundamental que juegan las costas a lo largo del mundo. Los destinos turísticos más deseados muchas veces concuerdan con playas paradisíacas como las Maldivas, la Polinesia Francesa o el Caribe, pero tampoco hace falta alejarse tanto para comprobarlo, simplemente fijémonos en la influencia turística de la que gozamos en nuestro país (España) debido principalmente al clima (el turismo de sol y playa).

Ya hemos visto su importancia a nivel económico y social pero, ¿qué papel juega a nivel ecológico? Los océanos desempeñan tareas fundamentales en conservar la homeostasis terrestre, por ejemplo, son el principal regulador de la temperatura global. Esto se debe a varios factores, el primero es que absorben el calor durante el día y lo liberan durante la noche, amortiguando el efecto producido por la diferencia de temperatura. Además, contribuyen enormemente al equilibrio del ciclo hidrológico, ya que de ellos se evaporan grandes volúmenes de agua que posteriormente precipitan en los continentes. Pero realmente las protagonistas en la regulación de la temperatura terrestre son las corrientes oceánicas. Las corrientes oceánicas movilizan las aguas a lo largo del globo terrestre, algunas son corrientes cálidas y otras frías, bañando las costas continentales y otorgándoles características climáticas singulares.

Estas corrientes permiten distribuir la temperatura y nutrientes a lo largo de la Tierra, permitiendo que las aguas cálidas lleguen a las zonas frías y viceversa. Un ejemplo muy conocido, es la corriente del Golfo, que es una corriente cálida que nace en México y termina bañando las costas europeas, otorgandole a estas un clima considerablemente más suave al que correspondería según su latitud. La corriente poco a poco se va enfriando hasta llegar al Ártico, en donde se enfría por completo y aumenta su salinidad, haciendo que la corriente baje en profundidad (al ser más densa) e inicie su retorno de nuevo al Sur. Pero no solo regulan la temperatura, al contrario de la creencia popular estos son los verdaderos pulmones del planeta, produciendo enormes cantidades de oxígeno gracias al fitoplancton, el cual contribuye más aún que los bosques en cuanto a producción de oxígeno se refiere. También son grandes sumideros de CO₂ (aproximadamente el 25% de las emisiones totales), ayudando más aún en la regulación de la temperatura terrestre, aunque este proceso tiene un pequeño inconveniente que comentaremos en breve. Por si fuera poco, albergan uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta, los arrecifes de coral.

Los océanos nos dan alimento, oxígeno, pagan por nuestros impactos (absorción de gases de efecto invernadero), regulan la temperatura terrestre y son uno de nuestros destinos favoritos de vacaciones, etc. Pero, ¿cómo se lo pagamos nosotros? Mediante la pérdida de biodiversidad, acidificación de los océanos, pesca insostenible, contaminación por plásticos y un largo etcétera. Según un informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) en 2016, el porcentaje de poblaciones de peces marinos explotadas de forma insostenible (es decir, se pesca a mayor velocidad que su tasa de regeneración) pasó del 10% en 1974 al 33,1% en 2015. Volviendo al tema anterior de los océanos como sumideros de carbono, el problema que tiene es que el CO₂ atmosférico no desaparece al entrar en contacto con el agua. Lo que ocurre es que la atmósfera y el océano están en constante equilibrio de concentraciones, lo que significa que un aumento en la concentración de CO₂ atmosférico provocará que los océanos absorban parte del CO₂ para equilibrarlo. Lo mismo ocurre al contrario, si la concentración de CO₂ es mayor en los océanos, la atmósfera absorberá parte de él.

El CO₂ en presencia de agua (H₂O) reacciona formando ácido carbónico (H₂CO₃), que rápidamente se disocia liberando un protón (H⁺) y quedando HCO₃-, o bien liberando 2 protones (H⁺) (lo que le da acidez al agua son estos protones) y quedando el ión carbonato (CO₃²-). El ión carbonato (CO₃²-) juntado con calcio (Ca²⁺) forma carbonato cálcico (CaCO₃), imprescindible para la formación de conchas y exoesqueletos de animales marinos (moluscos, erizos de mar, corales, etc.). El problema de esto, es que la formación de H₂CO₃, HCO₃- y CO₃²- depende considerablemente del pH del agua. Si es ácida favorecerá la formación de H₂CO₃, si es neutra favorecerá la formación de HCO₃- y si es básica favorecerá la formación de CO₃²- (el necesario para las conchas y exoesqueletos). En resumen, si aumenta la acidez, disminuye la presencia de carbonato para que los animales marinos puedan construir sus conchas, además de que en condiciones ácidas el carbonato cálcico se deshace. Pero no solo afectaría a los animales marinos compuestos de carbonato cálcico, la acidez provocada por el aumento de CO₂ también afectaría a muchas especies marinas causandoles problemas metabólicos y afecciones al sistema inmunológico.

Un proceso más devastador aún y relacionado, es el aumento de la temperatura oceánica a consecuencia del calentamiento global. El aumento de los gases de efecto invernadero está provocando el aumento la temperatura terrestre y, aunque los océanos son capaces de absorber mucha energía antes de modificar su temperatura, también se están viendo afectados. Los que más lo van a sufrir sus efectos son los arrecifes de coral que, a pesar de ocupar menos de un 1% de la superficie del lecho marino, albergan más de un millón de especies distintas. Los corales mantienen una relación de simbiosis con las algas que recubren su superficie y que les otorgan esos colores tan vivos (zooxantelas), siendo especialmente sensibles a los cambios de temperatura. Una pequeña modificación en la temperatura del océano provocará la alteración del coral y, por ello, un rechazo de las algas de las que dependen (provocando su blanqueamiento). El blanqueamiento no es solamente estético, supone que el coral ya no tiene su medio para sobrevivir y, si no se recuperan las condiciones previas, terminará muriendo haciendo irreversible la recuperación del ecosistema. Si los corales desaparecen, la pérdida de biodiversidad en el medio marino sería descomunal.

A la vista de los resultados, parece que no estamos siendo del todo justos con nuestros preciados mares y océanos. Ellos nos proveen de una cantidad inmensurable de beneficios, mientras nosotros nos dedicamos a cogerlos sin dar siquiera las gracias. Aún estamos a tiempo de ponerle freno, pero poco a poco se nos agota el tiempo.

Lucas Peces Coloma