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El peatón en la ciudad

¿Están hechas las ciudades para caminar?

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La respuesta tajante y cierta es “no”. Pero también es verdad que caminar podría convertirse en una alternativa en auge de transporte urbano.

“Caminante urbano” parece un término antinatural. Se supone que caminamos en la naturaleza, por senderos flanqueados por árboles. En la ciudad, caminar es una actividad de riesgo, algo que hacemos cuando no tenemos más remedio que ir desde el aparcamiento a la oficina o desde la boca de metro a la parada de autobús.

Aproximadamente dos tercios del espacio urbano están ocupadas por la calzada de tráfico de vehículos. Los peatones pueden circular por aceras, por lo general delimitadas con bolardos y otros obstáculos. La fluidez del tráfico rodado es el principal objetivo, por lo que los semáforos están regulados para dejar a los peatones un tiempo estrictamente limitado de paso. Cruzar una gran arteria de circulación urbana puede llevar casi un cuarto de hora y la necesidad de esperar media docena de semáforos.

Da la sensación de que los únicos que usan el caminar como modo de transporte son los turistas, pero no es así. Un porcentaje significativo de la población se desplaza a su lugar de trabajo simplemente andando. Y no se trata únicamente de una minoría muy reducida y con mucha suerte que vive a un tiro de piedra de donde trabaja.

No obstante, a diferencia de lo que ocurre con la bicicleta, todavía no hay apenas planes de estímulo específico a esta modalidad de transporte urbano. Desde luego no se plantea una red de carriles para peatones (entre otras cosas porque ya existen, son las aceras). Sí existen rutas peatonales en la ciudad, pero con interés de ocio y turismo más bien. Sin olvidar las pasarelas peatonales que nos permiten, precariamente, pasar por encima o al lado de las autopistas urbanas.

Sin embargo, ir a pie como modalidad de transporte podría estimularse activamente como ya se hace con la bici. Tomemos el caso de Madrid, una ciudad muy grande pero bastante compacta, con un tamaño de unos 12 km de alto por 10 de ancho. Esto quiere decir que una persona dispuesta a caminar unos cinco kilómetros tiene casi la mitad de la ciudad en su radio de acción. De manera más prudente, un radio de tres kilómetros, una media hora caminando a paso tranquilo, también concede gran amplitud de movimientos.

¿Qué se podría hacer para incentivar el transporte a pie? Miles de cosas, en ciudades como las nuestras que están diseñadas para la comodidad del coche, no de los seres humanos. Para empezar, una pacificación del tráfico general, con reducción de la velocidad en todo el casco urbano a 30 km/h como máximo. Continuando con una humanización de los semáforos, ampliando el tiempo disponible para los peatones para cruzar y reduciendo el del tráfico rodado. Son medidas sin coste o con un coste muy reducido.

Ya con cierto trabajo de señalización y alguna infraestructura, se trataría de reducir el gran porcentaje del espacio urbano adjudicado al coche y devolvérselo al peatón, cerrando calles al tráfico rodado, ensanchando aceras, etc. Y muchas otras acciones, desde eliminar el efecto de corte de las grandes vías urbanas de tráfico a incentivar a las empresas para que impulsen entre sus empleados el transporte a pie. Los resultados en términos de reducción de la contaminación y mejora de la salud pública pueden ser muy importantes. Una ciudad peatonal es una ciudad limpia, agradable y segura.

 

Un comentario sobre
¿Están hechas las ciudades para caminar?

  1. Me apunto a la idea de recuperar una ciudad como Madrid para peatones y suprimir barreras urbanas a la vez que reduciríamos el tráfico en toda la ciudad, así ganaríamo en salud al practicar deporte sin querer y solo con caminar y respirar aire más puro por la reducción del tráfico, así como mejoraría la calidad del sonido y se podrían escuchar hasta el ruido del viento o el piar de los pájaros y la gente no estaría tan sorda como esta ocurriendo en las ciudades por culpa del ruido de los motores de los coches y de las sirenas de ambulancias y de la policía, que es espantoso y parecen que lo hacen aposta. En otras ciudades europeas el clamor de las sirenas es más apagado y menos estridente que en España que nos encanta el follón, a mi no.

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