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Ciudades que matan

calle3-1000Fotografía: Andrea Cau – Unsplash

 

Hoy en día más de la mitad de las personas viven en ciudades (alrededor del 79% en el caso de España) y para el año 2050 se espera que esta cifra crezca hasta alcanzar las tres cuartas partes de la población mundial. Las ciudades nos ofrecen muchas ventajas en términos de accesibilidad, servicios sanitarios, cultura, etc., pero también tienen inconvenientes sobre nuestra salud y bienestar.

Los entornos urbanos se han diseñado más para los automóviles que para las personas, priorizando avenidas anchas con múltiples carriles y estrechas aceras, grandes rotondas que favorecen el tráfico pero entorpecen el paseo, estructuras con varios carriles elevados, restaurantes, tiendas e ¡incluso farmacias y bancos! con entrada para vehículos, etc. Esto se ha traducido en ciudades con altos niveles de contaminación, donde realizar un acto tan natural en nosotros como es el caminar sea casi misión imposible.

¿Y esto qué implica? Se ha observado que en las áreas urbanas la incidencia de problemas sanitarios como obesidad, asma, alergias, diabetes, cáncer, infartos y depresión, es mayor que en áreas rurales.

Os preguntaréis cómo puede ser que la contaminación de nuestras ciudades pueda provocar estos problemas en nuestra salud. Bien, por ejemplo, las partículas que desprenden los tubos de escape y que respiramos continuamente, podrían considerarse un ejército silencioso que ataca nuestros pulmones, corazón y cerebro. Estas partículas venenosas tan pequeñas como una molécula que entran en nuestro organismo con cada respiración, atraviesan las barreras protectoras de nuestros pulmones produciendo una respuesta inflamatoria contra la que nuestro cuerpo intenta luchar. Pero estas partículas vencen a nuestras defensas, lo que permite que sustancias tóxicas (arsénico, nitratos, carbón, sulfatos, etc) se depositen en nuestro cuerpo, entren en el torrente sanguíneo y planten la semilla del cáncer.

Otra de las consecuencias que tienen la presencia de estas partículas, es que inflaman y por lo tanto constriñen los vasos sanguíneos, aumentando la presión arterial hasta que un día pueden causar un derrame. Además estas sustancias pueden causar inflamación o endurecimiento de las arterias, esto si se suma a que se tienen altos niveles de colesterol por una dieta poco equilibrada, puede derivar en un flujo de sangre deficiente al corazón o al cerebro y altos niveles de presión arterial.

En resumen, la ciudad hace que las probabilidades de que nuestro flujo sanguíneo se bloquee crezcan, ya que por la forma en la que están planteadas nos incitan a una vida sedentaria y rápida donde el acceso a comida de calidad y fresca puede llegar a ser un problema (vease el caso de los desiertos alimentarios en algunas zonas de ciudades estadounidenses).

Otro ejemplo de cómo las ciudades empeoran nuestra salud es la ausencia de espacios verdes. Varios estudios han relacionado la presencia de espacios verdes públicos en vecindarios locales o a poca distancia de grandes centros de población, con un mayor bienestar mental y físico, llegando a la conclusión de que las ciudades deben incluir en su planteamiento la presencia de espacios verdes (tanto de enfoque natural como los que tienen un enfoque más lúdico y deportivo) para contar con una población mental y físicamente sana.

Pero no está todo perdido. Se están dando muchos pasos para conseguir unas ciudades sanas, como por ejemplo con la peatonalización de zonas comerciales. A la cabeza de esta transformación se encuentra la ciudad de Copenhague, con objetivos como ser cero emisiones para 2025 o que para ese mismo año el 75% de los desplazamientos se lleven a cabo a pie, en bicicleta o en transporte público, lo que la coloca en el top de ciudades verdes. Todo esto es en parte gracias al cambio que se dió en la capital danesa durante la segunda mitad del siglo XX cuando, gracias al urbanista y arquitecto Jan Gehl, se desarrolló una nueva manera de entender la planificación urbanística dando importancia a los peatones y ciclistas.

No debemos ser cerrados a la hora de aceptar cambios en nuestras ciudades. Sí, que una calle comercial pase a ser peatonal o que una vía principal pierda carriles a favor de las aceras, es un incordio pero, ¿qué es mejor, estar sanos o poder ir al centro de la ciudad en coche? Elijan ustedes.

Carlota López

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