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El consumo de energía para climatización, según el Libro de la Energía del 2018, publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), es aproximadamente del 43% del consumo total de una casa. En concreto, la energía para calefacción representó un 42,2% y un 1% la energía para el aire acondicionado. La demanda de días de prestación oscila entre menos de 50 y más de 180, según las zonas climáticas.
Según los mismos datos del MITECO, el consumo de energía primaria en España procedió de productos petrolíferos en un 44,3%, del gas natural en un 20,9%, del carbón en un 8,9%, de la nuclear en un 12,4%, de las renovables en un 13,8% y de residuos no renovables en un 0,3% (datos de 2018).
De este panorama el gas natural y la electricidad se convierten en las energías de referencia para calefacción, mientras que el carbón queda reducido a algunos puntos concretos y con moratoria de erradicación definitiva. Butano y propano retroceden ante la rápida extensión del gas natural canalizado.

Salidas

Salida de contaminantes atmosféricos
El consumo de electricidad es completamente limpio en destino, pero debemos tener en cuenta la contaminación que supone su producción en origen. Buena parte de la electricidad se genera en centrales térmicas que queman carbón o uranio enriquecido.
Si los comparamos con el carbón o los productos derivados del petróleo, tanto el gas natural, como el propano y el butano, tienen una generación de contaminantes en su combustión mucho más reducida. Son por lo tanto combustibles bastante adecuados para los sistemas de calefacción urbanos.
La quema del gasóleo C de calefacción produce una variada colección de contaminantes: óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, etc. Por eso mismo, su empleo estaría desaconsejado en una ciudad, aunque puede dar buen resultado en casas aisladas y en el medio rural. No obstante, hay que tener en cuenta los progresos en materia de reducir el impacto ambiental de estos combustibles: por ejemplo, su contenido en azufre ha sido muy reducido en los últimos años.
El carbón produce toda clase de contaminantes y además partículas sólidas de diferentes calibres que en gran medida ennegrecen la ropa y nuestros pulmones.
La biomasa (leña, briquetas, pellets, etc.) en cambio se considera una energía con emisiones de CO2 netas nulas. Esto se debe a que las emisiones de carbono que produce su combustión son las que absorbió en vida. Pero también tiene un problema: además de otros contaminantes, producen partículas de ceniza. Por esta razón, este tipo de calefacción está desapareciendo de las ciudades, aunque funciona razonablemente bien en el medio rural.
Los aires acondicionados pueden sufrir fugas de sus gases refrigerantes. Hay diferentes gases pero todos tienen efecto de calentamiento de la atmósfera. Aun así, el R32 tiene menor potencial de calentamiento y es menos dañino si se produce una fuga.
Otro aspecto de la cuestión es la producción de gases de efecto invernadero, de manera directa o indirecta, asociada a la quema de combustibles para calefacción. Para evitar esta problemática la mejor opción es el empleo de energías renovables.

Salida de residuos
Únicamente las calefacciones de leña y carbón producen residuos sólidos en cantidad significativa, principalmente escorias y cenizas.

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