Presa de El Atazar. Imagen de Mar Lucena en Pixabay

En un artículo anterior hablábamos del largo camino del agua, desde la nube hasta los grifos de nuestra casa. Ahora vamos a ver una parte de este ciclo del agua desde el punto de vista de la organización que lo gestiona. Se trata de una entidad con 169 años de historia, que es también la de la ingeniería hidráulica en nuestro país: el Canal de Isabel II, la empresa pública encargada de la gestión del agua en la Comunidad de Madrid. Este organismo se encarga de todas las fases, es decir, su captación, tratamiento, distribución, saneamiento, depuración y reutilización.

El Canal de Isabel II, es el ejemplo de una excelente gestión del agua que ha sido capaz de superar una guerra civil sin dejar de abastecer a la población de una ciudad tan grande como lo es Madrid. Previo a su creación, el agua provenía de los acuíferos situados en el subsuelo de la ciudad, pero debido a su explotación intensiva acabaron contaminándose y cada vez se tenía que extraer el agua desde más lejos mediante túneles excavados en el terreno, esto es lo que se conocía como “viajes de agua”. La calidad de las aguas era variable en función de dónde habían sido extraídas, diferenciándose entre “agua fina”, apta para beber,  y “agua gorda”, aquella destinada a otros usos. Debido al aumento de la población y, en consecuencia, de la demanda de agua, el abastecimiento mediante agua subterránea no fue suficiente y se tuvo que pensar en una solución.

Es por ello que a mediados del siglo XIX nació el Canal de Isabel II, cuyo proyecto tenía por objeto la construcción de una presa de 27 metros de altura en el Pontón de la Oliva, un canal de más de 70 km y un enorme depósito en una zona todavía no edificada en el norte de la ciudad. En 1851 se puso en marcha el proyecto y tuvo que enfrentarse a diversos problemas, siendo los principales el desnivel del terreno y las filtraciones en el embalse, el cual no era tan impermeable como pensaban. Para paliar estos infortunios, tuvieron que construir 4 sifones y 29 acueductos con la finalidad de salvar las diferencias de cota, mientras que para impermeabilizar el embalse tuvieron que utilizar 20.000 sacos de arcilla. Una vez construida la presa, esta sería capaz de cubrir con creces la demanda de agua en la ciudad de Madrid, aunque también contribuyó a la llegada de grandes aumentos de población.

Las filtraciones el Pontón de la Oliva continuaban y la población aumentaba, por lo que unos años más tarde se presentó el proyecto para construir una nueva presa en El Villar, de planta curva y con una altura de 50 m. Las obras terminaron en 1882, siendo la presa más alta de España en su momento y una de las más elevadas y avanzadas de Europa. Durante este periodo de tiempo, también se fue mejorando la infraestructura asociada, por ejemplo, la construcción de grandes depósitos para abastecer a la ciudad. A principios del siglo XX, propusieron la creación de una central hidroeléctrica en Torrelaguna, lo que permitiría aumentar los ingresos y poder sufragar gastos derivados toda la infraestructura. Fue todo un éxito, pero la población de la ciudad de Madrid crecía rápidamente y requería cada vez de una mayor demanda de agua, por lo que se construyeron varios depósitos elevados y la presa de Puentes Viejas. Con la proclamación de la Segunda República en 1931, cambiaron el nombre a Canales del Lozoya (para evitar cualquier alusión a la monarquía) e impusieron una serie de mejoras de las condiciones laborales (servicio médico, pensiones, etc.). Todo esto se vio truncado en julio de 1936 cuando estalló la guerra civil española, lo que causó la práctica parálisis de todas las obras que había en marcha debido a que muchos empleados estaban en el frente y escaseaban tanto materiales como herramientas de construcción.

Ya finalizada la guerra, se tuvo que reconstruir y hacer el mantenimiento de la infraestructura hidráulica que había quedado sin la necesaria renovación. Se recuperó el nombre de Canal de Isabel II y se reanudaron las obras del denominado Canal Alto (llamado así ya que su objetivo era suministrar agua a la parte alta de la ciudad sin necesidad de elevación). En los años 50, debido a las fuertes sequías, el éxodo rural y la industrialización, se tuvieron que imponer restricciones en el uso del agua. El crecimiento de la ciudad era imparable, al igual que su demanda de agua, por lo que en los años 60 se comenzaron a construir varias presas culminando su obra con la de El Atazar, la cual era la mayor de España hasta la fecha y reconocida incluso a día de hoy por su sofisticación y relevancia. Esta presa, tiene una altura de 125 metros sobre el cauce del río y una capacidad de embalsar hasta 426 hm3, finalizando sus obras en 1971 y con un coste que ascendió a las 6.000 millones de pesetas de la época.

Ya en 1977, el Canal de Isabel II se convirtió en una empresa pública al servicio del Ministerio de Obras Públicas, asumiendo también la depuración de las aguas residuales. En 1984 ya dependía oficialmente de la Comunidad de Madrid por lo que pasó a encargarse de buena parte de la gestión del agua, haciendo especial hincapié en su correcta depuración y en la regulación de cauces, ya que en estas fechas ya había problemas de contaminación. Además, en la primera mitad de las décadas de 1980 y de 1990, hubo que superar dos severas sequías. Se restringieron algunos usos, como el riego de jardines, pero nunca llegó a haber un corte de suministro a las viviendas, gracias en parte a la colaboración ciudadana, estimulada por campañas de ahorro de agua. Actualmente, es una empresa pública que se encarga de la totalidad de la gestión del agua en la Comunidad de Madrid, contando con una red de distribución con un total de 17601 km de longitud, 389 depósitos, y una capacidad de tratamiento de aguas de 4,55 hm³ diarios (o lo que es lo mismo, 4.550.000 m³ al día), logrando abastecer a un total de 6,36 millones de habitantes con un agua de muy buena calidad.

Lucas Peces Coloma

 

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