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El coche y la sostenibilidad

¿Para qué no quieres un coche?

coche

Para ayudar a la deshumanización de las ciudades, para aumentar las emisiones pantagruélicas de gases de efecto invernadero a la atmósfera o para lograr un aire irrespirable y casi masticable. O para contribuir al sedentarismo y la proliferación de establecimientos donde no es necesario salir del coche. Para no respetar los límites de velocidad en los núcleos urbanos y llevarte algún ciclista y peatón por delante, para que te suba la tensión en cada atasco y te llenes de rabia y para perder la paciencia en los semáforos y pisar el acelerador cuando los peatones están cruzando. Quizá para lucirte con los derrapes, para demostrar tu status, para encerrarte en él durante horas en los embotellamientos matutinos o para perder tiempo (y dinero) buscando aparcamiento. Incluso para enseñar a tus hijos a necesitar uno, para que una de tus aspiraciones sea comprarte uno. Para pasar más tiempo con él que con tu familia, incluso para cuidarlo mejor que a tu familia. Para contribuir a la dispersión de las ciudades o para que se arrasen campos para cultivar agrocombustibles. O para sentirte realizado como ser humano. Para utilizarlo como elemento discriminatorio, para emplearlo como argumento de éxito e incluso para que sea tu tema de conversación más recurrente.

Desde hace unas semanas hay carteles en marquesinas y calles donde se lee: “¿Para qué quieres un coche?”. Desde luego como campaña de marketing no está nada mal, me recuerda un poco al chiste de “El pan que habla” (probablemente no lo conozcan, ya no está de moda contar chistes): básicamente se crea expectación sobre algo que no se tiene claro qué es, pero al final te intentan vender la moto. Esto mismo me ha ocurrido con esta campaña, basada en una encuesta, un estudio social. Lo que muestra este estudio, en el que han preguntado a mil personas mayores de edad, es un poco lo que ya nos habían hecho creer desde siempre, que tener coche es sinónimo de libertad e independencia. Y que no hay mejor terapia que encontrarte contigo mismo mientras estás inmerso en un atasco que no acaba nunca. También, que exigimos a los políticos que vayan en transporte público, para que den ejemplo; mientras nosotros no nos bajamos del coche en todo el día, porque nosotros somos libres e independientes. Esto es lo que opina el español de a pie, perdón, de “a coche”.

Básicamente, tú no quieres un coche, te han hecho creer que lo necesitas. Cuando este argumento ha empezado a cojear con el repunte de otras alternativas, como la bicicleta o el coche compartido, han sacado la artillería pesada. En definitiva, otorgarle al coche – un amasijo de acero, plástico y vidrio – un valor añadido como las emociones, suena bastante estúpido.

María Perona 

@honolulurocks

 

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