Un estudio sociológico presentado por la Obra Social de Caja Madrid en 2004, realizado por un equipo de sociólogos dirigido por Juan Díez Nicolás, titulado El dilema de la supervivencia, defendía que aunque los españoles afirmaban en general sentirse muy concienciados con el medio ambiente, cuando se les preguntaba más concretamente, no sabían bien qué responder, demostraban actitudes muy poco comprometidas o no estaban suficientemente informados. Entre otros datos, sólo un 10% de los españoles mantenía un comportamiento adecuado para la conservación del medio ambiente, según una encuesta realizada entre 1.200 personas.
La mayoría de los encuestados reconocía que es preciso actuar para mejorar nuestro entorno, pero no estban dispuestos a renunciar a alcanzar mayores niveles de consumo. En concreto, un 51% no aceptaría pagar más impuestos y sólo una tercera parte aceptaría alguna reducción en su nivel de vida. Por ejemplo, un 49% de los encuestados admitía que nunca dejaría de utilizar el coche por razones ambientales. También, un 44% reconocía que nunca ha comprado productos de la agricultura ecológica.
Los españoles están cada vez más preocupados por el medio ambiente, sin embargo, existe una significativa distancia entre lo que piensan y lo que están dispuestos a hacer para proteger el medio ambiente.
Otra encuesta, ésta de la Fundación BBVA de noviembre de 2009, revelaba que el 82% prefería que los gobiernos aprobaran leyes que obligasen a la ciudadanía a proteger nuestro entorno antes que dejar en manos de cada uno las decisiones de cómo protegerlo. Pese a que el grueso competencial está en manos de las Comunidades Autónomas, un 59% adjudicaba la responsabilidad de resolver los problemas ambientales del país al Gobierno central.
En el caso del agua, un 80% decía de ahorrar y cuidar su consumo, pero otras medidas, como externalizar los costes reales del agua en la factura, no recibía muchos apoyos. La mayoría apruebeba sin embargo la construcción de nuevos pantanos (70%).
La distancia entre conciencia y conducta también afloraba en la gran preocupación por la contaminación del aire, mientras que un 60% no dejaría de usar su coche, sólo un 7% revisaba el nivel de emisión de gases de su automóvil y únicamente un 16% viajaba siempre en transporte público. Lo mismo ocurría con los residuos domésticos, cuando sólo un 14% compraba productos en un envase que pueda ser reciclado.
Se vio que las prácticas estaban más extendidas entre las personas con estudios de tercer grado, lo que sugiere que en la educación medioambiental puede estar la clave para revertir algunas de estas situaciones.
La Unión de Asociaciones Familiares (UMAF), subvencionada por el Ministerio de Medio Ambiente, presentaba una sencilla ecoauditoría pensada para las familias en el marco de la Campaña de Consumo Responsable: Prevención de Residuos y Ahorro Energético 2006, bajo el lema "Piensa y actúa en la Escuela y el Hogar".
El Ecotest permitía conocer qué tipo de consumo se practicaba, con qué grado de responsabilidad o como puedían mejorar o reducir su impacto sobre el entorno. Para ello se analizaban los hábitos de consumo y el nivel de reflexión y conocimiento en cuanto a las modas, el uso del transporte y la energía, la generación de residuos y el agua.
Hasta donde es responsable el consumidor
En 1995, CECU llevó a cabo una campaña sobre residuos pidiendo envases retornables; se realizó un video en el que se mostraban verduras y se mencionaba lo ridículo que sería envolver cada uno de esos tomates y berenjenas y venderlos individualmente. Pues bien, por muy descabellada que entonces nos pareciera la idea ha ocurrido. ¿Cómo hemos llegado a la homogeneidad que representa el brik? ¿Cómo hemos llegado a la situación actual?
No ha sido una decisión de los consumidores; los consumidores, por poner ejemplos, no ha decidido introducir un articulo de plástico en el –ya difícil de reciclar- brik para facilitar su apertura, ni han pedido que se introduzcan los Organismos Modificados Genéticamente en la cadena alimentaria, ni son responsables de las horribles campañas publicitarias que deben soportar (estoicamente, ¡sin dejarse manipular!), ni de que se importen e introduzcan en el mercado del país animales o maderas que por su naturaleza deberían estar protegidos o –lo que es peor- lo están.
Los costes de las decisiones unilaterales, la mala gestión, el control insuficiente, etc. que nos afectan a todos no deben de trasladarse a aquellos que sufren las consecuencias sino a quienes las provocan. Está bien que los consumidores nos responsabilicemos de nuestros actos, pero creo que no estaría de más que la sociedad civil en bloque exigiera a aquellos que gestionan o deciden por nosotros –sin pedirnos opinión o sin respetar nuestras opciones -que se responsabilicen personalmente asumiendo los costes.
Por otra parte, debemos felicitarnos porque hemos conseguido que muchos consumidores asuman que la protección del medio implica costes, tanto económicos como personales, y que éstos no son más que una inversión en nuestro propio futuro.
Conceptos relacionados
[Huella ecológica]
[Sostenibilidad]
Fuentes:
ABC, 27 de julio de 2006
Revista Ambienta. Nº 60 Noviembre de 2006
El Mundo, 4 de junio de 2004
Revista Ecologista, Nº50 invierno 2006/2007
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