Por: Miquel Porta Serra, investigador del Instituto Municipal de Investigación de Médica y catedrático de Salud Pública de la universidad Autónoma de Barcelona
Los beneficios socioeconómicos de la salud pública son reales, a largo plazo, pero difíciles de cuantificar y, a menudo, invisibles. Hay que dar mayor valor a estas inversiones.
En medio de la crisis que estamos viviendo, muchas personas actúan para preservar la justicia, la libertad y el medio ambiente, ante el “desorden” de las finanzas tóxicas, pero casi nadie se ocupa de visualizar , cuantificar y promover los beneficios que para las personas tienen miles de actuaciones sensatas. Esto se debe a que nadie ve los beneficios que producen los sistemas de salud pública (que nos permite respirar, comer, beber..), y sólo se discuten reformas en el sistema financiero global.
El proyecto de Ley de Salud Pública (que acaba de aprobar el Gobierno), y el informe Empleo verde en una economía sostenible, de la Fundación Biodiversidad, no tienen en cuenta que la salud pública es un sector económico que crea empleo y riqueza. Esto se debe, a que los beneficios de la salud pública son a menudo invisibles, cotidianos, generalizados y a largo plazo.
Pero estos beneficios son reales. Por ejemplo entre 1976 y 1991, el plomo prácticamente desapreció de la gasolina utilizada por los coches en Estados Unidos, siguiéndole un descenso en las concentraciones atmosféricas de plomo. La contaminación interna por sustancias tóxicas, como el plomo, el mercurio y ciertos policlorobifenoles es un condicionante probado de la inteligencia. Así, a finales de los años noventa, el promedio del coeficiente de inteligencia de los niños norteamericanos en edad preescolar era entre 2,2 y 4,7 puntos más altos que en la década de los años setenta. Los niños sin plomo en las venas y el cerebro eran más inteligentes y tranquilos. Para poder cuantificarlo, economistas, y epidemiólogos americanos, cuantificaron entre 110.000 y 319.000 millones de dólares anuales, la ganancia que ha supuesto el aumento de la inteligencia de los niños por el descenso de sus niveles de plomo. De modo que primero se aplicó una intervención industrial, ambiental y de salud pública, y a continuación se consiguieron mejoras en la salud de la calidad de vida y la economía, pero muchos de estos beneficios siguen hoy en día sin cuantificarse.
Otros dos ejemplos. Estudios epidemiológicos realizados en España, en muchos recién nacidos, se ha visto que un 70% de las muestras de sangre de cordón umbilical presentan una concentración de mercurio superior a la recomendable. Investigadores noruegos calculan que reducir la saturación humana por mercurio conllevaría beneficios económicos de miles de millones de euros cada año, contando solo los correspondientes al aumento de la inteligencia. Si además se contabiliza la prevención de muertes prematuras, los beneficios se multiplican por siete.
En el análisis que conllevaría mejorar la calidad del aire en el área metroplolitana de Barcelona: reducir la exposición a algunos contaminantes a los valores recomendados por la Organización Mundial de la Salud ahorraría cada año 3.500 muertes, 1.800 ingresos hospitalarios por causas cardiorrespiratorias, 5.100 casos de bronquitis crónicas en adultos, 31.100 de bronquitis agudas en niños y 54.000 crisis asmáticas. Los beneficios económicos serían de 6.400 millones de euros por año. Esta evaluación del impacto en la salud infravalora los beneficios, ya que el problema, es que debemos cambiar modelos de transporte y hábitos cultural y económicamente muy arraigados.
Por eso, sí queremos vencer la crisis debemos valorar mejor las políticas , servicios y productos que realmente producen beneficios a las personas y comunidades.
Conceptos relacionados
[Salud]
[Sostenibilidad]
Fuentes:
El País, 10 de junio de 2010
informacion@vidasostenible.org © 2005 Fundación Vida Sostenible | XHTML CSS