El mundo industrializado produce una inmensa cantidad de plásticos: más de 45 millones de toneladas anuales sólo en Estados Unidos.
Se han hallado indicios de que el bisfenol A (BPA), ingrediente habitual de los plásticos duros, puede resultar lesivo para el sistema reproductor humano, ya que se interpone entre la acción de las hormonas. Diversos trabajos publicados en revisas científicas de prestigio han asociado el bisfenol A con problemas para la salud, que abarcan desde un mayor riesgo de cáncer de mama hasta complicaciones cardiovasculares.
La industria de plásticos y la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos estadounidense (FDA) afirman que el BPA no resulta peligroso en las dosis a las que pude verse expuesto el público, sin embargo en su última evaluación el veredicto no fue del todo favorable al componente químico. Otro organismo, el Programa Nacional de Toxicología (NTP), reconoció, en septiembre de 2008, que existe cierta preocupación ante la posibilidad de que ese compuesto provoque efectos adversos en el cerebro, la conducta y la glándula prostática en fetos, bebés y niños de corta edad.
En 2008, la prestigiosa revista JAMA comparó las tasas de diabetes y enfermedad cardiovascular en adultos según los niveles de BPA presentes en la orina. Los resultados demostraban que las personas con niveles más altos de este químico tenían un mayor riesgo de las enfermedades evaluadas. Sin embargo, ninguno de los estudios ha podido replicarse y ese es el argumento utilizado por los fabricantes de este omnipresente plástico a la hora de defender su producto.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) analizó el BPA en 2002, 2006 y 2008. En todos los casos, el dictamen fue el mismo. La exposición al químico que se puede generan por el contacto con productos relacionados con el consumo dista mucho de ser tóxico.
En España se han realizado algunos trabajos para evaluar los efectos del BPA en la salud. El director del Institut Català de Recerca de l´Aigua (ICRA), Damià Barceló, ha analizado la presencia en aguas de este químico y recuerda que el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino lo incluyó en su lista de sustancias candidatas a la revisión.
El Catedrático de Fisiología de la Universidad Miguel Hernández (Elche), Ángel Nadal es más contundente con respecto al riesgo APRA la salud humana. Para este experto, que ha demostrado en ratones los efectos tóxicos del compuesto, el problema están en que no se pueden realizar estudios en humanos, excepto epidemiológicos, y aboga por usar el principio de precaución y preferiría que se prohibiera, porque hay alternativas.
El pasado 7 de abril, un grupo de científicos de Reino Unido, EEUU e Italia firmó una petición, dirigida al Gobierno británico, para que se prohibiera el uso del bisfenol A en cualquier plástico usado para fabricar biberones o contenedores de alimentos. Una semana después, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) publicaba una nota informativa en su página web manifestando que no había razón alguna para tomar medidas respecto a dicha sustancia en este momento. Greenpeace, por su parte, exigía al Ministerio de Sanidad que adoptara medidas preventivas urgentes para evitar la contaminación por esta sustancia.
A principios de abril Dinamarca decidió prohibir el uso de productos con bisfenol A en niños menores de 3 años hasta que la EFSA saque su nueva evaluación, prevista para este año. Canadá también ha cesado de utilizarlo para la elaboración de biberones. Y varias empresas ya han prescindido del bisfenol A, incluidos los seis mayores fabricantes de biberones de EEUU.
El BPA es un monómero que confiere a los plásticos de policarbonato mayor dureza y tenacidad. Suelen ser plásticos transparentes o translúcidos; se les asigna el “7” en los símbolos triangulares de reciclaje. Encontramos también BPA en las resinas epoxi, que revisten el interior de las latas metálicas (refrescos carbónicos y latas de sopa) y en las garrafas y depósitos de agua. Lo hallamos en mil productos más: de los discos compactos (CD) hasta las lentes de gafas, pasando por el papel térmico, conducciones de plásticos de policarbonato para el agua, dispositivos médicos y empastes dentales.
Se cree que la vía más común de exposición de los humanos al BPA es el consumo, ya que el BPA pasa fácilmente del recipiente al contenido alimentario, sobre todo al calentarlo, incluso en el microondas.
El BPA corresponde a un interferente o disruptor endocrino, es decir, que puede perturbar el funcionamiento hormonal de los organismos. En el adulto, cuya fisiología y conducta han madurado ya de acuerdo con su sexo y funcionan adecuadamente, es probable que su interferencia en la acción hormonal sea reversible al cesar la exposición. En cambio, no se cree que ocurra lo mismo en el feto o en los niños pequeños. Los grupos con mayor riesgo de sufrir efectos adversos por disruptores endocrinos como el BPA son, por tanto, los fetos y los niños de corta edad.
Un grupo de 60 científicos y asociaciones de 15 países han solicitado a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria que endurezca las medidas que se aplican sobre el bisfenol A (BPA).
Conceptos relacionados
[Plásticos]
[Salud]
Fuentes:
Investigación y Ciencia, abril de 2010
Público, 21 de abril de 2010
Público, 24 de junio de 2010
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