Este término engloba a todos los combustibles líquidos o gaseosos derivados de la biomasa vegetal: aceites vegetales, biogás, biometiléter, biohidrógeno, biometanol y su derivado el biometil-terciario-butil-éter, o bio-MTBE, el biodiésel y el bioetanol.
Todos estos biocombustibles se perfilan como nuestros aliados en la lucha por reducir la dependencia de los combustibles fósiles, en el camino hacia un modelo energético más sostenible.
Especialmente atractivo resulta terminar con lo que se ha llamado la adicción al petróleo de la economía mundial, responsable de muchos de los males del panorama internacional actual, como por ejemplo, los problemas en las economías mundiales debido a las constantes subidas de su precio, conflictos políticos, emisiones contaminantes, incluso guerras.
Todos estos males han hecho que la opinión pública esté viendo claro que hay que ir reduciendo paulatinamente la dependencia del petróleo y apostar por energías cercanas, renovables y que den menos dolores de cabeza a nuestros gobiernos.
La gran solución para el gran problema: mover nuestros coches
Mientras que el abastecimiento de energía a instalaciones fijas (agua caliente sanitaria, calefacción, luz, etc.) puede hacerse renovable con menos complicación tecnológica, el sector de los combustibles de automoción es un hueso duro de roer. Mientras no se vendan motores de hidrógeno comercialmente viables –y resta la incógnita de la fuente de este combustible–, la obtención de hidrocarburos de origen vegetal para quemar en los motores de nuestros coches resulta ser una tentación irresistible.
La principal ventaja de los biocombustibles con respecto a la energía fósil es su origen renovable, procedente de la fotosíntesis. Desde el punto de vista de las emisiones a la atmósfera procedentes de los motores son menos contaminantes, y su contribución a las emisiones de efecto invernadero está compensada en teoría con el carbono que previamente se fijó en la planta.
Además, ofrecen a la agricultura otra salida que no es sólo la alimentaria, sino también la energética, sin mencionar que todo el proceso productivo, de transformación, de distribución y de puesta en venta del vital combustible quedaría en manos del propio país, y no de la inestable situación política internacional. Al conseguir su propio abastecimiento energético y la creación de nuevos puestos de trabajo -esta tecnología es un verdadero yacimiento de empleo-, el resultado para los Estados es un avance significativo hacia el desarrollo sostenible y una mayor competitividad económica.
Tanto es así, que prácticamente todos países desarrollados o en vías de desarrollo ya están tomando las medidas necesarias para reducir cada vez más su consumo de energía fósil, aportando medidas legales y fiscales para impulsar la implantación de las energías renovables (en la UE en un 20% en 2020). Existen experiencias prometedoras, como la de Brasil, que ya es autosuficiente en materia energética. Parece que es sólo cuestión de tiempo que el petróleo desaparezca como la energía mundial de referencia.
Problemas a resolver
Sin embargo, algunas investigaciones reflejan un panorama no tan rosado, ya que la mayor parte de la energía que consumimos hoy por hoy, y por lo tanto la energía que consumen cierto número de cultivos energéticos, procede de los combustibles fósiles. Quiere decirse que los carburantes procedentes de estos cultivos, en el peor de los casos, no tendrían un balance energético positivo, sino que este disminuiría hasta aportar solo una fracción de la energía fósil que se utilizó para fabricarlos. En condiciones medianamente favorables, el rendimiento neto alcanza el el 49%, 36% (pero puede ser sólo del 5%).
Estas cifras empeoran si les sumamos otras operaciones necesarias para la obtención del biocombustible, como por ejemplo los costes de producción y reparación de la maquinaria necesaria tanto para el cultivo como para su transformación. Esto nos daría un balance energético negativo del -27% o incluso del -118% en el caso de la soja. Esto significa que cuesta más energía fósil producir el biocombustible que la energía renovable que este nos puede aportar.
Desde este punto de vista, la proliferación de cultivos energéticos no tendría ningún sentido por una sencilla razón, que ya puso de relieve hace dos décadas José Frías: que aún en los casos en el que la eficiencia energética sea superior a la unidad, se trata de “cambiar” 10 toneladas de petróleo por 12 toneladas de biocombustibles. Así pues, el punto más débil para el desarrollo agroenergético lo constituye su dependencia de la energía fósil, por lo que en definitiva el proceso resulta equivalente a un pequeño aumento del rendimiento del petróleo.
Tres elementos más de preocupación
Por cada hectárea de maíz dedicada a la producción industrial de bioetanol, en EE UU por ejemplo, se producen 3.100 Kg de CO2 equivalente, lo que quiere decir, que si se quisiera satisfacer únicamente el 10% del consumo de combustible en ese país de etanol, las emisiones alcanzarían los 127 millones de toneladas.
Otro aspecto ha tener en cuenta y más en un país como el nuestro azotado por sequías, es el consumo de agua. En este sentido la producción de etanol supone una exigencia de entre 30-37 litros de agua por litro de combustible.
Existe otro argumento más demoledor: suponiendo que cada coche recorre por termino medio 20.000 Km/año con un consumo de 7 litros/km, esto supondría la utilización de 1.400 litros de etanol producido a partir de 3.500 kilos de grano, es decir, aproximadamente lo que consume un individuo en 7 años.
Existen soluciones
Los problemas marcados arriba no deben hacernos desesperar. Los biocombustibles pueden y deben ser una excelente opción energética. Y empezarán a serlo si cumplen algunos requisitos, entre ellos:
• Si la agricultura y los procesos relacionados con ella dejan de depender del combustible fósil y se abastecen de las energías renovables como por ejemplo la solar o la eólica, para conseguir que el balance energético de los biocombustibles sea positivo y las emisiones a la atmósfera sean realmente neutras.
• Cuando sean producidos a partir de desechos agrícolas y forestales o residuos sólidos urbanos, ya que la utilización de estos restos no significaría un gasto de energía en su producción, (solo en la transformación) por lo que así habría un balance energético positivo mucho mayor.
• Cuando dispongamos de mejores cultivos energéticos que presenten una mayor resistencia a las condiciones adversas (clima, plagas, etc.), menores costes de producción y sean capaces de responder mejor a las necesidades de la industria.
En conclusión, la implantación de los biocombustibles tiene un innegable potencial para resolver nuestros problemas actuales de abastecimiento energético y de emisiones contaminantes a la atmósfera. Pero su puesta en marcha debe hacerse con mucho tiento y cautela, analizando todos los pros y los contras.
Conceptos relacionados
[Biocombustible]
[Energía renovable]
Fuentes:
Fundación Vida Sostenible, 18 de enero de 2008
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