La diversidad de nuestra flora y fauna corren peligro. Esto se debe a nuevas especies que llegan desde diferentes regiones del planeta y que poseen una gran capacidad de adaptación a nuestro territorio, extendiéndose rápidamente y compitiendo con las especies autóctonas, lo que produce la alteración del equilibrio de los ecosistemas, obligando a las especies preexistentes a ceder terreno a las “intrusas”, pudiendo llegar incluso a su extinción, y provocando situaciones de gran riesgo ambiental. Es el mismo efecto que causó extinciones masivas de aves en Nueva Zelanda, cuando los humanos introdujeron en la isla mamíferos predadores.
Existe la posibilidad de que sean introducidas involuntariamente, debido a descuidos o al desconocimiento de sus formas de difusión, por ejemplo, adheridas a los barcos. Es el caso del mejillón cebra, el cuál está suponiendo un problema muy caro para nuestros sistemas fluviales que afecta ya a nueve Comunidades Autónomas.
Pero lo más habitual es que sean introducidas de forma voluntaria, debido en gran medida a la buena acogida y al interés por “lo exótico” despertado en los últimos tiempos. Aquí podemos observar un resultado más derivado del creciente poder adquisitivo de los ciudadanos de este país, y del aumento de necesidades al que ello conlleva. Si antes la gente se conformaba con un jilguero en el salón, hoy parece que necesitamos loros, cotorras o periquitos multicolores y, a poder ser, que hablen.
El problema viene cuando la novedad se termina y nos cansamos de estas especies, por lo que decidimos abandonarlas en cualquier lado sin preocuparnos por su destino final. El resultado puede ser una plaga de cotorras en las calles de Barcelona. Lo que se concluye con esto es que, al parecer, la globalización no deja indiferente a nadie, ni siquiera a la fauna y flora. El problema es que ésta tendría que hacerse de forma controlada. Si queremos evitar que nuestro paisaje pierda su riqueza y diversidad características, podemos empezar por no entrar al juego del comercio de especies exóticas, que en muchos casos resulta fraudulento y que tan sólo aporta beneficios, y muy lucrativos, a esos comerciantes que tratan de convencernos de que nuestras mascotas o plantas tradicionales ya han pasado de moda.
Además, es necesario controlar el transporte y el comercio globales, que se encuentran en constante crecimiento, lo cuál no debe implicar la dispersión involuntaria de especies por todo el planeta. Importante es también el hecho de que exista una legislación eficaz para el control del comercio de animales y plantas. Teniendo en cuenta que esta actividad sobrepasa las fronteras entre los países, su reglamentación y control requiere la cooperación internacional para la correcta protección de ciertas especies.
El Convenio de Washington CITES, firmado en 1973 y en vigor desde el año 1975 (subscrito por más de 150 países), tiene como fin la conservación de miles de especies mundiales mediante la regulación de su comercio, lo cuál supone un buen punto de partida. El problema está en que la mayoría de los países no han desarrollado su propia legislación al respecto, lo que provoca que el convenio sea ineficaz y que el tráfico de especies conserve su impunidad. Tampoco hemos de olvidar que la permisividad de leyes y controles se dan tanto en los países de origen como en el receptor, por lo que es tarea de todos el encontrar la reglamentación necesaria, a nivel global, para evitar la pérdida de la biodiversidad del planeta.
Conceptos relacionados
[Impacto]
[Naturaleza]
Enlaces de interés
www.cites.org
Fuentes:
Fundación Vida Sostenible, 18 de enero de 2008
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