2007 parece ser el año en que definitivamente se confirma la existencia real de un cambio climático. El informe de mayo del IPCC (Panel Intergubernamental en Cambio Climático) demuestra claramente los cambios que se producirán en el clima en los próximos cien años y cómo van a impactar en la vida de las personas. Porque es evidente que las personas van a ser las principales afectadas con este cambio que va a transformar el planeta en un lugar cada vez más hostil para la vida de nuestra especie.
Los previsibles cambios en las temperaturas van a depender mucho de las medidas que se tomen y del momento en que empiecen a aplicarse de manera efectiva. Por esto es muy importante que cada uno de nosotros empecemos a tener claro que el modelo actual es insostenible y que vamos a tener que aprender a ser felices de otra manera. Los cambios en nuestros hábitos de consumo empiezan a ser urgentes y esta vez cada uno de nosotros va a ser directamente responsable de contribuir o no a que las cosas vayan peor.
Está claro que el aumento en la emisión de gases con efecto invernadero (GEI) juega un papel importantísimo en el cambio acelerado del clima aunque algunos todavía se empeñen en echarle la culpa a los ciclos climáticos naturales. El calentamiento global no sólo tiene su origen en la emisión de estos gases, y el tema no sólo radica en el CO2; hay más factores. Los principales GEIs son el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O). El primero se produce principalmente por la quema de combustibles fósiles (un 75%) y debido a cambios en el uso de la tierra relacionados con la deforestación y la quema de bosques. Por otro lado, el N2O y el CH4 se producen básicamente en actividades industriales, como la fabricación de abonos nitrogenados y pesticidas, la ganadería y la emisión de gases desde los suelos. Por tanto, la actividad agraria juega un papel importante en este problema y es la principal responsable de la emisión de N2O y CH4 a la atmósfera.
Aunque existen pocos estudios científicos al respecto y resulta difícil obtener conclusiones de aplicación universal, los expertos coinciden en varios aspectos en los que la agricultura biológica resulta una buena práctica para mitigar el cambio climático. El primero y más evidente es el ahorro en combustibles fósiles que se consigue cuando no se utilizan abonos químicos ni pesticidas de síntesis, ya que estos productos consumen gran cantidad de energía en su fabricación. De hecho, un 1% de todos los combustibles quemados en el mundo se utiliza para producir abonos nitrogenados.
Los fertilizantes nitrogenados aplicados en el suelo sufren un proceso de desnitrificación y nitrificación en el que se pierde óxido nitroso a la atmósfera. La importancia de las emisiones depende básicamente de la cantidad de nitrógeno aplicado, del tipo de fertilizante, del tipo de cultivo y de la temperatura. En agricultura biológica es importante la gestión de los abonos nitrogenados y cualquier abuso suele pagarse con un problema sanitario difícil de controlar. Por ello, las cantidades aplicadas siempre tienden a adaptarse a las verdaderas necesidades de la planta evitando en todo momento los excesos. Algunos estudios demuestran que en agricultura biológica la aplicación de nitrógeno en el suelo suele reducirse a la mitad o más respecto a las cantidades aplicadas en los sistemas convencionales. Además, los abonos orgánicos liberan el nitrógeno de forma más lenta por lo que las pérdidas son menores.
Otro factor importante es lo que se conoce como secuestro del carbono. Los contenidos de carbono en el suelo, ligado a la presencia de materia orgánica, son tres veces superiores al de las plantas y el doble que el de la atmósfera. Esto quiere decir que el suelo actúa como un almacén de carbono. Las prácticas de la agricultura biológica, basadas en el uso de abonos orgánicos, permiten un mayor secuestro de carbono en el suelo. Algunas estimaciones determinan que la agricultura ecológica captaría unas 20.2 toneladas de CO2 por hectárea y año por encima de la captación de la agricultura convencional.
Sin embargo, la debilidad de este proceso radica en que se trata de un proceso reversible en el que la materia orgánica del suelo vuelve de nuevo a la atmósfera una vez se mineraliza. A pesar de todo, no hemos de perder de vista el beneficio real que supone para la estructura del suelo y la nutrición de las plantas la presencia de materia orgánica en el suelo.
Es evidente que una agricultura menos dependiente de recursos energéticos y de inputs obtenidos con grandes aportes de energía resulta más favorable. Aprovechar los ciclos de la Naturaleza para conseguir el equilibrio y obtener alimentos de la manera más eficiente posible es el mejor camino para lograr frenar el cambio climático.
La propia FAO propone como medidas para reducir las emisiones de GEIs prácticas que habitualmente se dan en los sistemas agrarios ecológicos. Entre ellas destacamos:
- Eliminar subvenciones e introducir impuestos medioambientales en el uso de fertilizantes químicos y energía.
- Mejorar la eficacia del uso de fertilizantes.
- Mejorar la gestión de los residuos del ganado.
- Restaurar tierras degradadas.
- Mejorar la gestión de los residuos de los cultivos
- Expandir la explotación agroforestal y la reforestación.
Por todo ello, el sector ve cada vez más claro que es importante reivindicar la contribución de la agricultura biológica en disminuir la emisión de gases con efecto invernadero y así mitigar los efectos del cambio climático. Las políticas, tanto nacionales como internacionales, deberían tenerlo en cuenta y apoyar el desarrollo de programas que incluyan, no sólo un conjunto de prácticas de manejo favorables, sino a la agricultura biológica como sistema de producción que las integra a todas ellas.
Conceptos relacionados
[Agricultura]
[Cambio climático]
Fuentes:
Documento SEAE (2006). Contribución de la agricultura ecológica a la mitigación del cambio climático en comparación con la agricultura convencional.
Revista The Ecologist para España y Latinoamérica, Nº 29 Abril – Junio 2007
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