Por: J. Pierre Scherer. Resumen de artículo.
Entre los recursos naturales, el de la fertilidad es esencial, ya que nuestra civilización reposa, en gran parte, sobre el potencial de producción de estas tierras. La tierra emergida ocupa únicamente un tercio del planeta. Apenas el 12% de estas tierras son cultivables. El 88% restante tienen unas condiciones de clima o de relieve no apropiada para la agricultura. Por tanto, la fertilidad de un suelo es una cualidad rara y frágil y una mala gestión de los suelos puede comportar graves consecuencias sobre otros recursos naturales, especialmente la calidad del agua. Se cuestiona, principalmente, dos tipos de contaminantes: los nitratos y los pesticidas. Ahora bien, no nos equivocamos, el lavado es una de las manifestaciones de la erosión de los suelos. Lo que importa, es realizar el delicado desafío de proponer prácticas agrícolas que permitan valorar las tierras fértiles con el fin de alimentar a la Humanidad a la vez que conserven su potencial a largo plazo. Desgraciadamente no existen recetas, pero sí un razonamiento global adaptado a cada condición agro-climática del globo. En lo que concierne a España, territorio particularmente fértil, nos preguntamos ¿ De qué modo unas técnicas agrícolas bien razonadas pueden preservar la calidad de las aguas subterráneas o las fluviales?
Los nitratos
El nitrógeno es un elemento indispensable para el crecimiento de los vegetales, Ahora bien, éste es asimilable únicamente en forma de nitrato la única molécula de nitrógeno soluble. En la Naturaleza, la actividad microbiana de los suelos realiza la nitrificación a partir de a degradación de la materia orgánica resultante de la caída de las hojas, de la descomposición de cadáveres o de excrementos de animales. Sólo una familia vegetal, las leguminosas, puede sintetizar directamente el nitrógeno del aire gracias a un procedimiento de simbiosis con cierta bacterias del suelo. Después de principios de siglo y de manera acelerada en estos últimos cincuenta años, la agricultura moderna recurre a abonos nitrogenados bastante concentrados, con relación a los productos de origen orgánico. La consecuencia es un aumento de los rendimientos pero esto se acompaña a menudo de un excesivo contenido de nitratos de las aguas subterráneas. ¿Es necesario abandonar estos abonos y a la vez hipotecar nuestro potencial de producción? El hecho de que llegue a plantearse esta cuestión es bastante absurdo, pues deja suponer, de manera absoluta, que no hay alternativa entre los abonos nitrogenados de síntesis y el hambre.
Exceptuando las leguminosas, la segunda fuente importante de nitrógeno reside en las materias orgánicas de origen animal. El esparcimiento de 50 toneladas de estiércol de bovino puede administrar una cuarentena de kilos de nitrógeno al año siguiente y el resto se libera progresivamente en el curso de los años posteriores. En cuanto al estiércol avícola, su acción es comparable a cualquier abono nitrogenado con el añadido del aporte de oligoelementos que estimulan la actividad microbiana. La liberación del nitrógeno de origen orgánico es más lenta y progresiva que con abonos minerales, lo que limita los riesgos de lavado y reduce el consumo del petróleo necesario para la elaboración de fertilizantes. Efectivamente, la tendencia es la especialización, que genera una gran concentración de ganaderías, como en Bretaña, que responde al desierto animal de las zonas cerealeras. Estas materias orgánicas, contaminantes cuando se encuentran en exceso, ¿no podrían presentar un interés frente a las carencias de otros territorios? Una política coherente de la gestión de los insumos de ganadería se presenta como una necesidad real tanto para la salvaguarda de los recursos en agua como para la economía de energía fósil.
Finalmente los cultivos aprovecharan el nitrógeno, sea cual sea su forma, cuando el suelo tenga un buen estado estructural. Además, los abonos tienen una acción foliar y el suelo los fija antes de liberar progresivamente los elementos que contienen. La aptitud a la disponibilidad de los elementos nutritivos reside en un buen funcionamiento del ecosistema del suelo: circulación del agua, calentamiento y aireación… son condiciones favorables tanto para la actividad microbiana como para las raíces. Toda comparación, todo exceso o falta de agua genera una disminución de la eficacia de los abonos.
Los pesticidas
Los pesticidas constituyen la segunda fuente potencial de contaminación de origen agrícola. Su utilización se justifica por el tratamiento de las enfermedades o de los parásitos de los cultivos. Cuando un síntoma se manifiesta, es normal pensar en tratamientos curativos. Por el contrario, es menos coherente basar la salud de los cultivos únicamente en la elección de una molécula pesticida, aunque se haya elegido de forma juiciosa. La prevención por otros métodos que no sean los tratamientos es un dominio poco explorado en agricultura. Ésta reposa sobre una doble gestión: por una parte limitar el desarrollo de las poblaciones parásitas y por otra parte reforzar la resistencia natural de los cultivos.
La limitación del desarrollo de las poblaciones parásitas es una gestión global. Una parcela cultivada no es más que uno de los elementos de un amplio ecosistema, en el cual se desarrollan numerosas especies vegetales y animales. La parcela se inscribe en una dinámica de espacio, el paisaje, y de tiempo, la rotación de los cultivos que en ellas se suceden. Mantener la diversidad en una y otra de estas dinámicas.. es permitir la expresión del ecosistema permitido por el medio y especialmente la regulación de las especies que algunas son parásitas o enfermedades de los cultivos. Al simplificar las rotaciones y los paisajes, principalmente con las destrucción de los setos, se arriesga la posibilidad de disponer a medio plazo de un recurso más importante que unos pesticidas para compensar lo que el medio ya no produce.
Los parásitos
Finalmente, la presencia de parásitos o de esporas de hongos no explica por sí sola la aparición de los síntomas. Toda planta posee la facultad de resistir al parasitismo, a condición de que su metabolismo sea activo y en particular su protosíntesis. Este metabolismo supone unas condiciones de crecimiento correctas, permitidas por el clima y el estado del suelo. Pide igualmente la presencia de oligoelementos responsables de la protosíntesis en la planta: el cobre, el zinc, el manganeso y el magnesio. Si la asimilación de estos elementos se perturba, la planta es más vulnerable a las enfermedades, como los trabajos del INRA de Burdeos han demostrado. Ahora bien, los fertilizantes minerales no contienen estos oligoelementos. Además, el nitrógeno y el fósforo son antagonistas de ellos: una fertilización mineral importante perjudica la eficacia de los oligoelementos, de aquí la aparición más frecuente de los problemas sanitarios sobre los cultivos. Entonces, ¿qué soluciones se deberían contemplar? Volver a las bases sencillas de la agronomía. El cuidado de la calidad de la estructura del suelo, el mantenimiento del estado húmico, el no-descuido de los oligoelementos, las rotaciones variadas en un paisaje de cultivos diversificados… son parámetros determinantes para un ahorro de pesticidas y garantía de un agua sana en las fuentes.
Evidentemente, las soluciones propuestas precisarían ser profundizadas. El objeto de estas líneas es ante todo recordar que el recurso regular a los abonos nitrogenados y a los pesticidas se puede reducir considerablemente, con una gestión global de producción respetuosa con el entrono. A menudo, para ser eficaz, la aplicación de estas soluciones rebasa la acción individual y hay que razonarlas en la coherencia de una política colectiva de gestión de recursos naturales, como son el agua y el suelo, en la que deben tomar parte no sólo los productores sino también aquellos que los forman o les asesoran.
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[Agricultura ecológica]
Fuentes:
Revista The Ecologist, Nº 26 julio, agosto, septiembre de 2006
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