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Contaminación del aire en Madrid

Medio siglo de contaminación atmosférica en Madrid

grnvia-7154052 copiaA mediados de la década de 1960, el aire de Madrid se volvió visible de repente. Tenía una fina reputación hasta entonces, de ser “un viento sutil, que mata a un hombre y no apaga un candil”. Hacia 1966 era un puré cada vez más espeso, que se ennegrecía en las horas punta del tráfico y en invierno, cuando la atmósfera se calmaba varios días seguidos. La respuesta de las instituciones fue crear una comisión de investigación –en 1964– y dejarlo correr. Se hablaba de la contaminación del aire en las mismas comisiones de sanidad que informaban de la última epidemia de varicela, o de que el sarampión estaba contenido.

Hacia 1970 empezó el pánico. No es fácil saber cuánta gente murió o sufrió graves daños, pero la atmósfera de Madrid, sobre todo en invierno, era una densa colección de partículas en suspensión, dióxido de azufre y otros ominosos compuestos. La visibilidad era de apenas cien metros en las mañanas frías de invierno. La prensa informó con tintes dramáticos del asunto, con titulares como “nos asfixiamos” o “estos gases son venenosos”. Fue entonces cuando se tomaron medidas, principalmente sustituir el fuel pesado de las calefacciones por combustibles con menos azufre, así como erradicar poco a poco las calefacciones de carbón, culpables de las motas negras que adornaban la ropa tendida de la ciudad. La generalización del gas natural también fue de gran ayuda.

Salvado lo peor, pasaron los años. La industria madrileña se batió en retirada, lo que eliminó importantes focos de contaminación. Las calefacciones de carbón comenzaron a ser una rareza, sustituidas por calderas de gas. Se trabajó mucho en estaciones de medición de contaminantes y protocolos de actuación en caso de episodios de alta concentración. Pero, curiosamente, la contaminación dejó de ser un problema de salud pública y se convirtió en una molestia invernal más, un fenómeno natural como el frío. Las autoridades municipales adoptaron este punto de vista, al mismo tiempo que el tráfico sustituía a industrias y calefacciones como principal fuente de contaminación del aire. Pero el millón y medio de coches que entran en Madrid todos los días es un hueso más duro de roer que las decenas de millares de calderas de carbón y fuel.

Sucesivos planes de limpieza atmosférica se sucedieron, más bien cosméticos por lo que respecta al tráfico, hasta que el incumplimiento de los baremos europeos se reveló insostenible y obligó a medidas “históricas”, ¡como limitar la velocidad a 70 km/h en la gran vía de circunvalación! Hay que decir que la contaminación actual es casi invisible, a diferencia de la de hace medio siglo, que llenaba el aire de partículas de carbón gruesas como pedruscos. Ahora es más insidiosa, no hay alarma social ni alerta sanitaria. Es algo que hay que resolver con medidas radicales, como las de 1970, pero para eso tendremos que volver a considerar la contaminación como un problema de salud pública que se puede y se debe resolver y no como un fenómeno natural que hay que soportar.

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