Resiliencia para todos

26/10/2017

Tiempo de lectura: 4 minutos

Cosas que todos podemos hacer para hacernos más fuertes en un mundo cambiante

La palabra resiliencia es de uso bastante reciente, pero se ha puesto de moda y la encontramos en todas partes. Suena bien, parece un término técnico moderno y elegante. Según la Real Academia, significa “Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Por ejemplo: un campo de labor compuesto de muchas parcelas dedicadas a diversos cultivos es mucho más resiliente que un campo enorme dedicado a un solo cultivo, que una plaga o inclemencia puede arrasar fácilmente. También es mucho más resiliente un sistema energético formado por miles de pequeñas centrales renovables que otro formado por unas cuantas centrales nucleares grandes, como se ha demostrado en Fukushima.

Las situaciones adversas a las que alude la definición de la Real Academia son muchas y se están multiplicando. Por ejemplo, esto es lo que dice la Agencia Europea del Medio Ambiente: “Las condiciones meteorológicas extremas, cada vez más frecuentes y costosas”. “[Los] 10 riesgos naturales clave en Europa …incluyen las olas de calor, las fuertes precipitaciones, las inundaciones fluviales, los temporales de viento, los desprendimientos de tierras, las sequías, los incendios forestales, los aludes, el granizo y las marejadas ciclónicas”. A cualquiera se le ponen los pelos como escarpias.

Hay otras amenazas menos aparatosas, pero tal vez más peligrosas. La dispersión de tóxicos en el ambiente gracias a prácticas agrícolas e industriales intensivas está amenazando la existencia de muchas poblaciones de animales, como las abejas, y está afectando directamente a nuestra salud. Si las abejas están en peligro, los humanos también lo estamos. En las ciudades, el tráfico rodado llena la atmósfera de compuestos tóxicos. Cada vez más gobiernos están poniendo en marcha toda clase de medidas para combatir esta gran crisis general que se nos echa encima. Las medidas de prohibir pesticidas tóxicos para las colmenas y de limitar la entrada de coches en la ciudad ya han comenzado, pero son unas pocas entre muchas.

En general la tendencia es a terminar la era de los combustibles fósiles e iniciar otra basada en las energías renovables. ¿Fin del problema? Ni mucho menos. Lo cierto es que no es tan sencillo como sustituir el derroche actual de energía fósil por un derroche de energía renovable. Deberíamos hacernos a la idea de reducir nuestro consumo de energía actual a la mitad, y a partir de ahí seguir bajando. No se trata solamente de apagar las luces de las habitaciones o usar menos el coche. Es una infinidad de cambios que van a afectar a todas las parcelas de nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, la manera en que conseguimos nuestra comida.

El modelo actual de producir alimentos consiste en forzar a los ecosistemas a producir intensivamente a base de inyectarles cantidades masivas de energía fósil, directamente como combustible de los tractores o indirectamente como fertilizantes químicos y pesticidas de síntesis. Los animales, por su parte, son engordados a toda velocidad y al menor coste posible constriñendo sus movimientos, inyectándoles antibióticos y modificando sus ciclos reproductores. El resultado es que tenemos en las estanterías del supermercado carne y leche baratas en cantidad. Pero el coste para nuestra salud y la salud de los ecosistemas, que viene a ser lo mismo, es muy alto.

Muy bien, pero ¿qué tiene que ver esto con la resiliencia ciudadana? Pues sencillamente que conviene que nos vayamos adaptando a la gran transición fósil > renovables y sus transiciones complementarias (por ejemplo, de un mundo atiborrado de tóxicos a otro menos venenoso). Y esto ya corre prisa, según la Agencia Europea de Medio Ambiente estamos ahora mismo en la cumbre de la montaña, en el punto de inflexión del consumo de combustibles fósiles. El año que viene no podremos entrar con nuestro coche en la ciudad, pocos años después no podremos comprar un vehículo de motor de combustión.

La resiliencia ciudadana se basa en los consejos para una vida sana y ecológica de los que llevamos haciendo caso omiso décadas. Ahorrar energía, comer menos carne, no consumir tanta comida ultraprocesada, consumir el agua con más eficiencia, usar el transporte público. Pero ahora ya no son consejos dirigidos a cuatro fanáticos de la ecología, sino elementos fundamentales de la capacidad de adaptación de los ciudadanos ante el cambio que ya se ha puesto en marcha. Ahora se trata de ponernos en marcha con la desintoxicación de la comida, la despetrolización general, la desplastificación de los residuos y al contrario la renaturalización de la ciudad y la biomimetización de nuestro modelo de producción y consumo. Ya no se trata del amor al planeta, sino de reducir riesgos y mejorar nuestra vida.

Fotografía: Oliver Paaske on Unsplash 

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