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La ruta de la sostenibilidad

La transición ecológica se nos echa encima ¿cómo nos afectará?

1982jornadasproteccionambienteatmosfericomadrid1000Ilustración: fragmento del cartel anunciador de las Jornadas de Protección del Ambiente Atmosférico (Madrid, 10-12 de noviembre de 1982). 

Parece ser que ya tenemos un Ministerio para la Transición Ecológica, ahora sí. En Alemania existe el concepto desde hace tiempo aplicado a la energía, Energiewende. En Francia funciona el Ministère de la Transition Écologique et Solidaire desde hace unos meses. Otros países están avanzando de manera más o menos explícita por la senda de la transición a la sostenibilidad. En dos palabras, se trata de dar el salto de un modelo de producción y consumo insostenible, tóxico, ineficiente y basado en los combustibles fósiles, a otro sostenible basado en la economía circular, la eficiencia, la eco-industria y la eco-agricultura y las energías renovables. Ahí es nada.

Si nos centramos en lo que está más avanzado, la transición energética, unos países lo tienen mejor que otros. Portugal, por ejemplo, ya pasa semanas enteras alimentando su sistema eléctrico con un 100% de energía solar, hidráulica y eólica. España está rozando la cota anual de un 50% de electricidad renovable. Pero el hueso más duro de roer está en el transporte, que es fósil en más de un 90%, todo él salvo los ferrocarriles. La economía circular, el gran tema de los últimos años, está todavía en pañales.

Si diéramos un salto de unos cuantos años y nos plantáramos en 2035, por ejemplo, con la transición ecológica ya hecha, ¿cómo cambiaría nuestra vida cotidiana? Vamos a intentar imaginarlo con algunos ejemplos.

La ducha matutina sería la de toda la vida, aunque seguramente el chorro de agua estará mezclado con un chorro de aire. Y hay más. Nada de abrir el grifo y esperar a que el agua salga caliente, derrochando en el proceso mucha agua y energía. Acercaremos nuestra mano a un sensor para disparar el proceso, que nos indicará cuando podemos abrir el grifo y disfrutar de una buena ducha sin desperdiciar una gota de agua caliente. La manera en que manejamos los aparatos domésticos cambiará, la domótica por fin entrará a saco en las viviendas.

Habrá infinidad de automatismos de este tipo en las casas, empezando por completos sistemas de sensores y termostatos para controlar la calefacción, y el aire acondicionado si estuviera instalado. Lo más probable es que los todos los sistemas de climatización funcionen mediante una bomba de calor, una máquina capaz de extraer energía de la temperatura del aire que rodea la casa, sea cual sea la temperatura exterior.

Llegada la hora de ir a las obligaciones cotidianas, si la distancia es larga y no se puede hacer en bicicleta o caminando (que serán los modos de transporte urbano favoritos en 2035) iremos a la parada más cercana del tranvía, metro o microautobús eléctrico. En 2035 la red densa de trayectos, las frecuencias elevadas y la comodidad han hecho al transporte público muy popular entre los usuarios, que pueden relajarse mientras llegan a su destino.

Otra opción son los coches eléctricos sin conductor, que se llaman mediante el listófono y acuden en un par de minutos como mucho. Los que prefieren coche propio pueden usarlo para almacenar la energía distribuida durante la noche por la red eléctrica, que sale más barata como ahora (los aerogeneradores funcionan a pleno rendimiento en las horas nocturnas, cuando la demanda es menor).

Si nos acercamos a una tienda, es muy probable que la oferta de comida basura sobreempaquetada se haya reducido mucho. Tampoco nos llevaremos a casa un montón de plástico desechable añadido a nuestra compra. Los envases serán reutilizables o bien desechables en circuito cerrado, gracias a completos sistemas de “devolver el casco”. Los alimentos procedentes de la agricultura ecológica (que será la norma, no la excepción como ahora) serán abundantes y baratos.

Detergentes y artículos de limpieza no tendrán necesidad de llevar los símbolos amenzadores de componentes tóxicos, irritantes o dañinos para el medio ambiente, porque carecerán de ellos. Combinados con lavadoras y lavavajillas ultraeficientes, y circuitos de reciclaje de agua incluidos en la vivienda, reducirán a muy poco el consumo de agua de las viviendas.

Las casas consumirán muy poca energía para climatización, gracias (además de sensores y termostatos) a la instalación sistemática de aislamientos reforzados en paredes y techos y de ventanas de doble cristal. Los cristales inteligentes se harán muy populares: son capaces de dejar entrar todo el calor del sol en invierno y de detenerlo en seco en verano.

En mayor o menor medida, todos los edificios serán centrales de energía. Algunos propietarios con mucho espacio tienen completos sistemas de paneles fotovoltaicos y miniaerogeneradores, pero hay captadores de energía solar por todas partes, en tejados y azoteas. La energía eléctrica será mucho más barata que hoy en día, y su precio se establecerá, en cada casa, restando la energía producida de la consumida y valorando el balance resultante.

Las casas mismas estarán trufadas de sistemas de recuperación de energía en toda clase de componentes domésticos, los climatizadores por supuesto, pero también en otros lugares que no imaginamos, como las tuberías de distribución del agua, con microturbinas que producen una pequeña pero apreciable contribución a la producción de energía de la casa.

Al contrario que el sistema actual, con muy pocos productores de energía comercial y millones de consumidores, en 2035 habrá millones de productores y millones de consumidores. Por esa fecha las últimas centrales nucleares habrán cerrado, pero seguirán funcionando algunas grandes centrales hidráulicas y eólicas, y también existirá una red de apoyo de centrales eléctricas alimentadas con biomasa.

Con muchos menos coches por las calles y ninguno de motor de explosión, las ciudades serán mucho menos ruidosas y su atmósfera estará mucho más limpia (la proliferación de coches autónomos, además, reducirá casi a cero la tasa de accidentes). Puesto que ya no se quemará carbón en centrales térmicas ni combustibles petrolíferos en los coches, las emisiones de partículas, CO2 y compuestos tóxicos se reducirán drásticamente. El sol brillará en un cielo azul pastel…

De vuelta al mundo real, hay que decir que la transición ecológica camina hacia un mundo que podría ser bastante mejor que el actual: menos contaminado, menos violento, sostenible en el tiempo, eficiente en el uso de los recursos. Desde luego no va a ser fácil y aparecerán problemas imprevistos. También los CFC se vieron como una panacea para evitar accidentes con los frigoríficos, nadie previó su poder destructivo del ozono. Pero la alternativa a la transición, seguir como estamos, es infinitamente peor.

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