Sociedad y Medio Ambiente

Efectos de la contaminación lumínica

Abril 2007

Los llamados países desarrollados promueven una sociedad del “bienestar” de la que resulta un consumo energético exagerado. La producción energética que ha de suplir esta demanda causa, además de los problemas ambientales ya ampliamente conocidos -efecto invernadero, calentamiento global, lluvia ácida, etc- otra forma de contaminación ambiental, consecuencia del uso excesivo e irresponsable de la energía eléctrica en el alumbrado de exteriores, la contaminación lumínica. Esta ha pasado más desapercibida para la sociedad, y se define como la emisión directa o indirecta hacia la atmósfera de flujo luminoso procedente de fuentes artificiales, en distintas intensidades y/o rangos espectrales. 



Desde el inicio de la vida, los seres vivos han adaptado sus procesos biológicos a los ciclos astronómicos fundamentales de cambio de estaciones y alternancia de día-noche. La contaminación lumínica causada por el ser humano amenaza con alterar el segundo ciclo, al eliminar la noche. Por tanto, a pesar de que sus consecuencias no son conocidas con exactitud, sabemos que afecta tanto al medio ambiente y a los seres vivos como a la salud humana. 



Los grandes afectados por esta contaminación son los países desarrollados; que puede comprobarse al observar una foto del planeta por la noche, donde vemos claramente que las zonas iluminadas y, por tanto, más contaminadas lumínicamente, corresponden a Norteamérica, Europa y Japón. En el mapa de España brilla Madrid, Barcelona y el resto del Litoral Mediterráneo. 



En muchas ocasiones la fuente de luz no es necesaria para la realización de las actividades previstas en la zona donde se han instalado los puntos luminosos. Es decir, se trata de una iluminación inadecuada que produce un consumo desmesurado tanto energético como económico. El exceso de luz no es un signo de desarrollo económico y riqueza, como se interpretaba hasta hace poco, nada más lejos de la realidad. Es cierto que la iluminación exterior aporta grandes beneficios, como por ejemplo, seguridad, fluidez de tránsito o activación de zonas de interés, entre otros. Pero como contrapartida provoca grandes costes y perjuicios que hay que evitar. Sólo el equilibrio puede conciliar los intereses de las actividades humanas de noche con el respeto al medio ambiente. No se trata de dejar a las ciudades y pueblos con la iluminación deficiente por la noche, al contrario, una reducción de la contaminación lumínica conlleva una mejora de la calidad de la iluminación ambiental. 



Según los estudios realizados, la contaminación lumínica tiene seis efectos principales: 



Dispersión hacia el cielo

Es la desviación de la luz en todas direcciones, resultado de su interacción con moléculas del aire y partículas en suspensión (humo, polvo, etc). Las manifestaciones más características de esta dispersión es el típico halo luminoso que recubre las ciudades, visible a centenares de kilómetros de distancia, y las nubes refulgentes como fluorescentes. 



Intrusión lumínica

Se produce cuando se emite luz en direcciones que exceden el área donde es necesaria, invadiendo zonas vecinas. Es un fenómeno común en áreas urbanas donde, a menudo, la luz artificial no deseada procedente de la calle se introduce en viviendas privadas, produciéndose una pérdida de calidad de vida. El grado de afectación sobre el ser humano no está identificado del todo, pero se sabe que provoca alteraciones del sueño. 



Deslumbramiento

Se produce cuando las personas que se encuentran en la vía pública ven su visibilidad dificultada o imposibilitada por el efecto de la luz emitida por instalaciones de iluminación artificial. Actualmente se tiende a iluminar en exceso las carreteras, pensando que supone un aumento de la seguridad vial, sin embargo, los conductores van más rápido en los tramos más iluminados, lo que aumenta el grado de siniestralidad. Además, luces mal orientadas o demasiado potentes deslumbran, hacen perder agudeza visual y generan zonas de sombra muy contrastadas que dificultan la visión. El alumbrado de las carreteras debería diseñarse en consonancia a la progresiva adaptación del ojo a la oscuridad, sin cambios bruscos de luz. 



Sobreconsumo

La emisión de luz implica un consumo energético excesivo debido a la intensidad, horario de funcionamiento y/o su distribución espectral. En cifras, el gasto energético del alumbrado público representa, a escala municipal, aproximadamente el 50% del gasto energético total. Medidas correctoras, tales como el uso de lámparas de sodio o bajo consumo, focos que eviten el flujo de luz por encima del plano horizontal o la limitación del horario del funcionamiento de dichos focos, entre otros, reducirían en gran medida este gasto, en más de un 25%. Como ejemplo, sólo en Alemania en 1998, la energía malgastada en iluminar el exterior era equivalente a la energía producida por una central nuclear de media potencia. 



De acuerdo con la Internacional Dark-Sky Association, con sede en Estados Unidos, el problema de la contaminación lumínica afecta a dos tercios de la población mundial. La misma institución calcula que en EEUU se gastan 6 millones de toneladas de carbón y 23 millones de barriles de petróleo al año en generar luz que luego se proyecta al cielo, un desperdicio equivalente a 1000 millones de dólares (777,6 millones de euros). 



En España, el documento sobre la propuesta de modelo de ordenanza municipal de alumbrado exterior para la protección del medio ambiente mediante la mejora de la eficiencia energética del Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía (IDAE), señala que el alumbrado público en España consume 4.700 GW/h por año y es responsable de la emisión a la atmósfera de 4.250.000 toneladas anuales de CO2. La capacidad de ahorro de este sector se estima en un potencial medio de un 20%, lo que significaría reducir las emisiones en unas 850.000 Tn de CO2 por año.

Efectos sobre la biodiversidad

La contaminación lumínica tiene efectos comprobados sobre la flora y fauna nocturna. La actividad biológica a pleno sol es mínima comparada con la que podemos encontrar desde el crepúsculo hasta el amanecer, es decir, que la fauna nocturna es más numerosa y precisa de la oscuridad para mantener su equilibrio. 



Una iluminación indiscriminada de las playas supone una agresión para la vida marina; entre otros, la luz artificial altera los ciclos de ascenso y descenso del plancton marino (base de la cadena alimenticia). El deslumbramiento y desorientación en aves es otro de los efectos de la luz artificial. Algunas especies pierden el rumbo y otras salen a procurarse alimento más tarde de lo habitual y terminan con el estómago vacío. 



El equilibrio de las diferentes poblaciones también es susceptible de romperse, puesto que la luz puede perjudicar a unas especies, ciegas para esa longitud de onda, facilitando que sean depredadas. Más del 90% de los insectos son de costumbres nocturnas y ven alterados sus hábitos nocturnos (reproducción, migración, etc.) por la presencia de potentes focos que rompen el ciclo natural del día y la noche. Cabe resaltar también otro problema añadido: la agresión que provocan las luces públicas de mercurio a esta especie. La radiación ultravioleta que desprenden estas lámparas es imperceptible para el ojo humano pero no para los insectos nocturnos. La naturaleza se sustenta mediante complejas relaciones, por lo que si los insectos se ven afectados también lo harán tanto sus depredadores naturales (pájaros, murciélagos, anfibios, etc.) como las especies vegetales que se abren por la noche, por la disminución de la polinización. 



Destrucción del paisaje celeste

La luminosidad del cielo urbano, de un tono gris-anaranjado, destruye el paisaje nocturno por la pérdida de visión de los astros del cielo, patrimonio de todas las generaciones y tan importante en el origen de la cultura y la civilización. Esto conlleva un empobrecimiento personal por la pérdida de las leyendas vinculadas a las constelaciones, el desconocimiento de su posición con relación a la época del año y la relación con las tareas agrícolas y por la mera contemplación del firmamento. 



Cualquiera de estas manifestaciones de contaminación luminosa, derivadas de un consumo irracional, suponen una serie de consecuencias negativas que repercuten en tres ámbitos: económico, ecológico y social. Desde el punto de vista económico se produce un abuso de los recursos naturales, hay un sobreconsumo de combustibles fósiles, energía y otros recursos. En la vertiente social una iluminación exterior excesiva puede convertirse en un peligro para conductores y viandantes. En el aspecto ecológico, quizás el menos conocido pero no por ello el menos importante, la contaminación luminosa ejerce un impacto sobre la biodiversidad y el medio ambiente. La falta de normativa y el crecimiento desordenado genera esta contaminación que constituye otro de los problemas ambientales provocados por el ser humano y que nos afectan a todos.

Enlaces de interés

www.astrogea.org/celfosc/contaminacio_luminica.htm

www.idae.es

Fuentes: 


Revista Recupera, Nº 44 mayo 2006
El País, 19 junio 2006
Revista Tecnoambiente Nº 170 Año XVI

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