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Los riesgos de la energía nuclear

Chernóbil, Fukushima: ¿queremos añadir un tercer nombre?

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El sarcófago de Chernóbil. Foto: Greenpeace

El martes 26 de abril de 2016 se celebró el 30 aniversario de la catástrofe de Chernóbil. Para esa ocasión se encontraron, en el Congreso de los diputados, representantes políticos con Svieta Shmagailo, testigo ucraniano del accidente de Chernóbil, acompañada por responsables de Greenpeace España. De ese encuentro salió una proposición no de ley que se debatirá el jueves que viene.

Durante una semana, Svieta Shmagailo y responsables de Greenpeace recorrieron varias ciudades de España para dar a conocer lo que viven realmente las poblaciones más cercanas a la central (ya sea en Ucrania o en Japón – 5 años después de la catástrofe de Fukushima). Ella es maestra de primaria y tenía 12 años cuando explotó uno de los reactores de la central.

El lunes 25 estuvieron en Madrid, en la oficina de Greenpeace para una conferencia titulada “Las heridas nucleares. El eterno legado de Fukushima y Chernóbil”. Intervinieron Svieta Shmagailo y Raquel Montón, responsable de la campaña nuclear de Greenpeace.

Raquel Montón empezó contándonos las soluciones (precarias) que se están desarrollando en Japón después del maremoto que afectó a la central de Fukushima. Primero, hay que saber que las autoridades sabían que todas las reglas de seguridad no eran cumplidas, por ejemplo, los muros alrededor de la central no eran lo suficientemente altos para protegerla de las olas más grandes. Desde hace 5 años, están enfriando el reactor con agua del mar. Son aproximadamente 300 toneladas de agua cada día. Después, recogen el agua que pueden para descontaminarla. Según Raquel Montón, consiguen sacar todas las sustancias salvo el tritio. Pero a pesar de eso, la echan de nuevo al mar.

Se dieron cuenta un poco más tarde de que los desechos nucleares estaban contaminando las aguas subterráneas. Para evitar que se propaguen más, están desarrollando un sistema de congelación del suelo hasta 30 metros de profundidad. Pero el éxito del sistema sigue incierto: el muro de helo se podría romper (dado que Japón se encuentra en una zona sísmica) o también puede ser que los 30 metros no sean suficientes y que haya que ir más profundo…

En cuanto a la contaminación del suelo, están sacando tierra desde hasta 20 metros de profundidad a la superficie en las zonas más contaminadas y la ponen en bolsas negras. Esas bolsas son almacenadas en campos y nada más. El problema es que no la pueden descontaminar, entonces sólo la desplazan. Además, aún después de haber quitado la tierra, los niveles de contaminación quedan muy altos porque las zonas contaminadas al lado de las “descontaminadas” engendran la recontaminación de las últimas. Es un verdadero círculo vicioso.

No hay muchas señales de mejora en Japón y, al ver que 30 años después, Ucrania sigue sufriendo las consecuencias de la explosión nuclear de Chernóbil, es imposible predecir su futuro.

No sabemos lo que está pasando en la zona afectada por la radiación de Ucrania. Svieta Shmagailo nos relató lo que pasó hace 30 años:
El 26 de abril de 1986 explotó el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil. Ella recuerda oír coches y ver a militares con la cara tapada por máscaras. Las autoridades no alertaron a la población desde los primeros días. Ella vivía a 35 kilómetros de la central. En los primeros días una cantidad muy alta de yodo se quedaba en el aire. Es en ese momento que la contaminación es la más fuerte porque al respirar el yodo llega directamente a tu organismo. Después de 10 días el yodo cae finalmente en el suelo. Según dice Svieta, durante los primeros días los niños siguieron corriendo y jugando fuera, la vida seguía… fue sólo 4 días después, el 1 de mayo, cuando las autoridades recomendaron cerrar las ventanas y finalmente, el 9 de mayo, hablaron por primera vez de radiaciones.

Svieta sigue viviendo en la misma ciudad. Desde los años 2000, ve a unos de su familia diagnosticados de cáncer y a otros morir… tío, hermano, madre, hijo, etc. Todos siguen comiendo frutas y legumbres cultivadas en la zonas contaminadas, la leche o el agua contienen sustancias radioactivas también… A pesar del peligro para la salud todavía muy alto, todos los programas de ayuda fueron cerrados. Antes, los tristemente famosos “liquidadores” podían recibir atención médica e ir al hospital sin pagar nada, ahora les han quitado esa ayuda. ¿Por qué son los ciudadanos, los trabajadores y los niños los que tienen que sufrir tanto el coste vital como el coste económico de la catástrofe? Unos ingresos gigantescos llegan de la comunidad internacional para construir un segundo sarcófago para evitar que se difunda más la contaminación, en total son 2.200 millones de euros. Pero los ciudadanos no reciben nada. Siguen colas de espera para obtener otro lugar donde vivir. El programa fue iniciado en los años 90. A pesar de esa situación, Svieta sigue luchando para que nunca más suceda y para ayudar a los niños que educa.
Las conclusiones que se sacaron reflejan bien la gravedad de la situación: “no hay soluciones para descontaminar una zona después de un accidente nuclear”, “tampoco se pueden eliminar por completo los desechos generados para crear energía”. ¿Por qué los países no entienden la gravedad de la situación? ¿Por qué países como España siguen utilizando esa fuente de energía mientras tienen posibilidades para desarrollar las renovables?

Intentando contener sus lágrimas, Raquel Montón concluyó: “las centrales nucleares tienen que ser apagadas por razones éticas” y no por razones económicas (u otras). Los estados no tendrían que aceptar ese peligro tan alto que supone la energía nuclear. Por muchos sistemas de seguridad que puedan implementar, ningún será bastante fiable para asegurar que ni una vida pudiese ser afectada.

Elvina Mocellin

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