Cambio Climático

Calentamiento global en el Atlántico

Febrero de 2011

Por la franja oceánica entre Canarias y Florida se produce el mayor transporte de calor del Atlántico, hacia el Norte. “Es un petavatio al año, el equivalente a medio millón de centrales eléctricas actualmente”, explica el oceanógrafo Eugenio Fraile. En este sector se han interesado muchos científicos desde hace medio siglo y se han hecho hasta seis campañas para medir los parámetros del agua, como temperatura, salinidad, corrientes, etcétera. Además, el calentamiento del planeta ha convertido en acuciante la necesidad de datos para comprender lo que está sucediendo en el Atlántico, y por su influencia, en todos los océanos.

La séptima campaña de esa franja, a lo largo del paralelo 24 Norte, ha comenzado ahora a bordo del buque oceanográfico español Sarmiento de Gamboa (del SCIC), como parte del proyecto de circunnavegación Malaspina, que está cumpliendo otro buque oceanográfico oceánico, el Hespérides.

“El flujo de calor hacia el Norte afecta directamente al clima europeo haciendo que sean, por ejemplo, más templados en Lisboa que en Nueva York, aún estando en la misma latitud”, explica Alonso Hernández, jefe científico de la campaña. Además, añade, cualquier variación en ese transporte de calor, por el flujo oceánico global, afectará a toda la Tierra.

“Entre las campañas de 1957 y 1998 se registró un aumento de temperatura en el 24 Norte que supone un grado centígrado por siglo, y eso es mucho”, destaca Fraile. “Pero desde 1998 a 2004 ha bajado la temperatura 0,15 grados y queremos saber su se trata de fluctuaciones y si hay una tendencia al calentamiento”. “En la campaña de 1992 por el 24 Norte, liderada por Gregorio Parrilla, se constató por primera vez que el cambio global afectaba al océano profundo”, recuerdo Eduardo Balguerías, director del IEO. Fraile va en el Sarmiento de Gamboa junto con otros 20 investigadores más los cinco especialistas de la Unidad de Tecnología Marina (UTM,CSIC) que se encargan de la instrumentación, y los 16 tripulantes. Zarparon de Las Palmas el 27 de enero y tardarán 55 días en realizar los 139 sondeos previstos, hasta llegar a Santo Domingo en marzo.

“Medimos temperatura del agua, presión, oxígeno, fluorescencia, concentración de CO2, corrientes, fitoplancton, zooplancton… en sondeos hasta el fondo del océano, tomando 24 registros por segundo”, explica Fraile. Para ello, utilizan el equipo denominado CTD, con todos los sensores necesarios y botellas de muestreo de agua, que desciende hasta el fondo oceánico, a 4.000 metros de media en esta campaña y hasta 6.500 en algunos tramos.

Además, al cruzar el Atlántico, los científicos sueltan 12 boyas del proyecto internacional Argo, con sensores de temperatura, salinidad y presión, que funcionarán durante tres años y medio a la deriva, bajando a 2.000 metros y emergiendo cíclicamente para enviar los datos vía satélite. También se lanzarán al mar 20 boyas superficiales de la NOAA estadounidense.

El Sarmiento de Gamboa es un buque avanzado que empezó a trabajar en agosto de 2008 que desde entonces ha hecho 21 campañas científicas. Tiene un equipamiento muy bueno y hay una lista de espera de unos dos años para hacer proyectos de investigación en él. Con este buque se hacen campañas de biología, de pesca, de oceoanografía física, de sísmica, etcétera. Sondas acústicas, redes electrónicas, cañones de aire cuyo da información sobre el subsuelo marino, correntímetros, los CTD, capacidad para operar submarinos, además de 450 metros cuadrados de laboratorios, sitúan al Sarmiento de Gamboa a la altura de los mejores buques de otros países.

Aún siendo esencial el equipamiento instrumental a bordo, este barco del CSIC y de la Junta de Galicia destaca por sus propias características, como su bajo nivel de ruido, esencial para las ecosondas. El sistema de posicionamiento dinámico combina el GPS y el control del buque para mantenerlo en un punto clavado en el mar, con un error máximo de un metro, compensando corrientes y vientos, facilitando las operaciones y sondeos de precisión.

Los efectos del calentamiento global en la fijación de CO2 en los océanos

Los océanos del planeta absorberán un 21% menos de CO2 por el aumento de temperatura de la Tierra producido por el cambio climático, según un estudio realizado por tres científicos españoles, (publicado en la revista Proccedings of the National Academy of Sciences – PNAS), concluye que la diferencia neta entre el carbono que captan las plantas marinas y el que expulsan los organismos vivos de los océanos se reducirá drásticamente, por lo que el mar dejará de captar una media anual de cuatro gigatoneladas (mil millones) de CO2.

Esta cantidad supone una cuarta parte del total que cada año absorben las plantas marinas y una tercera parte del total mundial de emisiones de este gas por actividades industriales. El coordinador del estudio e investigador del Centro Oceanográfico de Gijón, Ángel López-Urrutia, ha detallado que, ante un aumento de temperatura, “las plantas marinas van a aumentar menos su captación de CO2 que la cantidad de oxígeno que necesitan los organismos marinos”.

Un proceso circular

Este fenómeno se debe, según López-Urrutia, a que el metabolismo de los seres vivos es “mucho más sensible” a los cambios de temperatura que el de las plantas, basado en la fotosíntesis. En conjunto, entre el periodo de 2000 y 2100, estos expertos calculan que los océanos dejarán de captar unas 400 gigatoneladas de CO2, que permanecerán en la atmósfera provocando un nuevo aumento de temperatura.

De esta forma se generaría un proceso circular ya que al aumento de temperatura provocado por las emisiones de CO2, le seguiría una menor capacidad de absorción de este gas por parte de los océanos que, a su vez, daría lugar a un nuevo calentamiento global. Para realizar estos cálculos, López-Urrutia y su equipo, formado por los investigadores españoles Elena San Martín y Xavier Irigoyen y el británico Roger P. Harris, se han basado en los datos registrados por el Atlantic Meridional Transect, una expedición científica británica que recorre de norte a sur el océano Atlántico cada año.

Al estudiar esta información, apreciaron que el aumento anual de las temperaturas coincidía con un descenso de la cantidad de CO2 absorbida por las plantas marinas. Con los recortes de emisiones de CO2 que se han propuesto los países industrializados, la temperatura de la atmósfera aumentaría entre tres y cuatro grados de media hacia final de siglo, lo que provocaría la desaparición de muchas especies. Posteriormente, recopilaron otros datos mundiales y estudiaron qué ocurriría si de aquí a 2100 la temperatura media de la Tierra creciese tres grados y medio, uno de los escenarios medios de aumento de temperatura que prevé en su último informe el Panel Internacional de Cambio Climático (IPCC), el organismo de la ONU que se encarga de estudiar este fenómeno. El resultado obtenido refleja que en menos de un siglo, los océanos de la Tierra absorberían 15,2 gigatoneladas de CO2, cuatro menos que en la actualidad.

El mapamundi de la biodiversidad marina

El biólogo colombiano ha publicado en la revista Nature el primer mapamundi de la distribución de la biodiversidad marina. Los autores han analizado dónde viven 11.000 especies de animales oceánicos, desde el zooplancton hasta los tiburones y ballenas. La conclusión ha sido alarmante: la temperatura del mar dicta la posición de la mayor parte de las especies en el planeta; otros factores como la contaminación o la sobre pesca, juegan un papel mucho menor.

Según Mora, “con el calentamiento global, podemos esperar cambios dramáticos”; sus cálculos son de que la temperatura media de la superficie del océano habrá aumentado dos grados en 2050 y este cambio romperá el orden de las profundidades. Algunas especies huirán del calor en las regiones ecuatoriales y se encontrarán con nuevos depredadores en aguas más frías y otras llegarán a zonas en las que no tengan presas que comer. En general, los animales de aguas calientes se multiplicarían y los de aguas frías comenzarían su declive.

La segunda conclusión que obtuvieron fue que en los puntos con mayor biodiversidad están concentrados en áreas con impactos humanos muy altos. Los santuarios de animales marinos, donde se refugian un mayor número de especies, están atacadas por la contaminación y la sobre pesca. Las zonas más amenazadas son: el sureste asiático, donde se concentran las especies costeras como corales y los peces de los arrecifes; las latitudes medias, alrededor del trópico de Cáncer (línea imaginaria que cruza México, Argelia y Bangladesh) y el de Capricornio (línea imaginaria que cruza Brasil, Sudáfrica y Australia) donde se concentran las especies de aguas abiertas como atunes y ballenas.

Los cambios de temperatura provocan la muerte de los corales, animales de poco más de un milímetro que se agrupan formando colonias de cientos de kilómetros de longitud, son los centinelas del océano y dieron la voz de alarma hace años; “el 90% de las especies de corales viven en su límite de tolerancia, que es una temperatura marina de 32 grados en muchos casos. Si se alcanzan los 34 grados, muchas especies no van a poder vivir con ello”. Cuando el termómetro sube por encima del umbral de tolerancia de los corales, estos expulsan las algas microscópicas que les sirven de alimento. Al final, los animales mueren provocando que los peces que viven el ellos también mueran y las especies que se alimenten de estos peces también desaparezcan.

El principal autor del mapamundi, Derek Tittensor, subraya que la temperatura media del océano ya ha subido respecto a la época en la que el ser humano no quemaba carbón y petróleo a toda máquina: unos 0,38 grados desde 1899. La desviación parece insignificante, pero los efectos son visibles y preocupantes, ya hay especies que han empezado a moverse hacia el norte para estar en aguas más frías.

Los autores de Nature opinan que “limitar el alcance del calentamiento del océano y mitigar múltiples impactos humanos podría ser de gran importancia para asegurar la biodiversidad marina en el futuro”.

Fuentes:
El País, 23 de mayo de 2006
Público, 29 de julio de 2010
El País, 2 de febrero de 2011

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