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miércoles 14 de octubre de 2009

Milagro energético: las plaquitas y molinillos ya producen el 30% de la electricidad



Una noticia sensacional ha pasado inadvertida por los medios estos días atrás. Según fuentes del IDAE, el 30% del consumo de electricidad entre enero y julio de 2009 procedió de fuentes renovables. De esta cantidad, el 46% lo aportaron los parques eólicos, el 40 % las centrales hidráulicas, casi el 8% las placas fotovoltaicas y el 6% restante una mixtura de biomasa, biogás y residuos urbanos. Las centrales solares termoeléctricas todavía no aportan casi nada a la suma final, pero esto cambiará en poco tiempo si se llevan a cabo las previsiones de construcción de plantas eléctricas basadas en esta tecnología.

Las cifras del IDAE muestran que la central eléctrica renovable ya funciona a pleno rendimiento. Esta central se reparte por todo el territorio en millares de instalaciones eólicas, fotovoltaicas, hidráulicas, de biomasa, etc, y ya no depende de los caprichos del clima. Hasta hace pocos años, un año bien surtido de lluvias era un año bueno para la electricidad renovable, que dependía abrumadoramente de las centrales hidroeléctricas. Hoy la central renovable ya no depende en exclusiva de la lluvia, sino del funcionamiento de la maquinaria atmosférica en conjunto y de la radiación solar, captada directamente o a través de las plantas.

Así que, a menos que el mundo se pare de repente y el sol se oscurezca, tenemos garantía de abastecimiento energético para rato. Ahora se trata de dar un pequeño paso más, cosa de pocos años a este ritmo: alcanzar el 50% de electricidad renovable. Tal vez sea este un camino más sencillo y eficaz de reducir la emisión de CO2 que el berenjenal de derechos de emisión y sutiles mecanismos made in Kyoto que tenemos en la actualidad.

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miércoles 7 de octubre de 2009

La amenaza de los peatones borrachos


“Asegúrese de que le han visto. A continuación, camine, pero no corra. Mantenga la vigilancia en todo momento”. ¿Instrucciones para los visitantes de una reserva de tigres feroces? No, un resumen de las recomendaciones de la Dirección General de Tráfico a los peatones. Las bestias salvajes a no perder nunca de vista son los automóviles, o mejor dicho los automóviles con un conductor dentro. Un informe reciente del RACE examinó cientos de miles de datos de velocidad de vehículos en tres ciudades –Málaga, Madrid y Valencia– y concluyó que al menos la mitad de los conductores no respetaban los límites urbanos de velocidad, establecidos en 50 km/h.

Los peatones muertos por atropello en España son actualmente solo unos 600 al año, una cifra muy reducida con respecto a los casi mil de comienzos de la década. La mitad de estas muertes ocurren en las carreteras, donde se supone que los coches van a buena velocidad y no tienen tiempo de esquivar a los que irrumpen en la calzada. La otra mitad mueren atropellados en las calles de una ciudad. La DGT afirma tajantemente que la mayoría de estos accidentes son culpa del peatón, que cruza por donde no debe, no respeta los semáforos en rojo, etc.

Ahora se ha revelado un nuevo peligro amenaza a los sufridos conductores de automóviles: los peatones borrachos. En efecto, según la Memoria 2008 del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, de los 187 peatones que murieron atropellados y fueron analizados el año pasado, el 33% dio positivo en alcohol (22%), drogas ilegales (5,3%) y psicofármacos (11,2%). Los peatones drogados embisten a los coches, causándoles daños diversos, aunque también es verdad que ellos suelen llevar la peor parte en la pelea.

La solución a este problema es establecer controles de alcoholemia a las salidas de bares y discotecas, donde los peatones que den positivo en drogas legales e ilegales puedan ser inmovilizados hasta que se les pase la curda. También se han sugerido pasos de peatones iluminados y señalizados como si de un casino de las Vegas se tratase, parachoques blandos e incluso un airbag instalado en el radiador del coche.

Hay otra solución más sencilla: reducir la velocidad de los coches en la ciudad. Actualmente el máximo está establecido en unos 14 metros por segundo. La velocidad mínima exigida a los peatones en los semáforos es de 1 metro por segundo, lo que obliga a ancianos, impedidos y portadores de carritos de niños a recorrer los últimos metros en un angustioso sprint.

Para reducir la velocidad de los coches lo mejor es mezclarlos con los peatones en el mismo espacio público. Una vez peatonalizadas la mayor cantidad posible de calles, algunas vías se pueden dejar para uso compartido entre coches y peatones, en condiciones de igualdad. La experiencia muestra que, al igual que los caballos evitan pisar a las personas, los coches se detienen cuando no tienen más remedio, es decir, cuando ven a un peatón delante de su parachoques, aunque no lo hagan –e incluso aceleren– cuando llegan a un paso de cebra lleno de personas esperando a que el primer coche compasivo se detenga para poder pasar.


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jueves 1 de octubre de 2009

Plástico incandescente en el ecosistema doméstico


Un momento histórico se vivió hace unos días cuando coincidieron en las portadas de los periódicos dos noticias: el fin legal de las lámparas incandescentes de 100 vatios y el fin comercial de las bolsas de plástico desechables en Carrefour, que equivale desde el punto de vista mediático a la publicación en el BOE de un decreto prohibiéndolas.

En efecto, después de tantos años de intentar convencer a la población, con la murga de que las bombillas de bajo consumo gastan cinco veces menos electricidad y duran diez veces más, algún lumbreras pensó que prohibir las poco eficientes lámparas de incandescencia era más sencillo y conseguiría mejores resultados. Y algo parecido ocurre con las bolsas de plástico. En vez de insistir en que los millones de bolsas de plástico desechables acaban ensuciando nuestro paisaje, alguien dijo, “bueno, dejemos de repartirlas gratis”.

Si establecemos la categoría legal de “artículo dañino para el medio ambiente” y prohibimos su venta y fabricación, los días están contados para una amplia gama de artículos, que van desde el coche de motor de explosión a los filetes de ternera industrial, pasando por el césped de estilo inglés y los pañales desechables. Las alternativas obligatorias serán los coches eléctricos, las legumbres, los jardincillos de plantas aromáticas y los pañales reutilizables, que son los que usaban nuestras abuelas.

El problema es que existe una cosa llamada ecosistema doméstico. Podemos prohibir lo que nos de la gana, pero antes tenemos que tener las alternativas bien organizadas: es fácil cambiar una lámpara de incandescencia por otra de bajo consumo, pero no lo es rechazar una bolsa de plástico si no tenemos una reutilizable a mano. Tampoco es fácil instalar una red de recarga o reposición de baterías de coches eléctricos, o cambiar la cultura culinaria que asimila el consumo de ochenta kilos de carne al año con el bienestar. Sí parece fácil dejar de regar el césped, pero lo de los pañales reutilizables necesita de un tiempo extra que la gente por lo general no tiene.

Deberíamos tener en cuenta las restricciones que impone el ecosistema doméstico. La sostenibilidad basada únicamente en la buena voluntad de los ciudadanos debe dejar paso a la sostenibilidad basada en la buena voluntad de los ciudadanos acompañada de medidas tecnológicas, logísticas, económicas, legales, culturales y, sobre todo, basadas en el sentido común y en la vida real de las personas de carne y hueso.

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