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viernes 29 de agosto de 2008

Las carreteras, fuera de las ciudades



En un artículo publicado hoy mismo en El País, Miguel María Muñoz Medina, presidente de la Asociación Española de la Carretera, dice algo muy interesante: “En el caso del transporte por carretera… hay que separar el mundo urbano del interurbano”. Añade Muñoz Medina que el transporte urbano es responsable del 40% de las emisiones totales del transporte por carretera, y recomienda utilizar transporte público y vehículos limpios en este entorno ciudadano.

La propuesta nos recuerda algo que parece que se ha olvidado en los últimos años: que las calles no son carreteras. Cuando una carretera atraviesa una población pequeña, muchos municipios colocan chinchetas gigantes en el pavimento, de manera que la velocidad del los vehículos se reduce al mínimo, si no quieren perder la suspensión. Es una clara señal a los conductores de que están en otro medio ambiente, urbanizado, donde no se pueden comportar como en la carretera abierta.

No ocurre así en las grandes ciudades. En ellas, la consigna es pastorear el tráfico rodado lo más rápidamente posible a través de la ciudad. Con este fin, los semáforos se abren a los peatones el tiempo justo, las aceras están limitadas al ancho imprescindible, se construyen aparcamientos por doquier y hay infinidad de rondas, túneles y circunvalaciones para facilitar el tráfico rodado.

Va a costar dar la vuelta a esta situación, como pide el presidente de la Asociación Española de la Carretera, pero no va a quedar más remedio que hacerlo. Los conductores de automóviles deben saber que están fuera de lugar en la ciudad, que deben circular por ella (por las pocas calles que no serán peatonales) con pies de plomo y en vehículos silenciosos y que no empozoñen la atmósfera. En fin, amigo conductor, disfruta de tu vehículo y de su capacidad para llevarte a donde quieras cuando quieras… pero todo eso hazlo fuera de mi ciudad.

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jueves 14 de agosto de 2008

Sostenibilidad cool


Algo está cambiando en los anuncios para ser buenos con el planeta, es decir, las campañas de adoctrinamiento de la población para propiciar estilos de vida sostenibles.
Dos ejemplos recientes nos dan la razón: www.compraestaactitud.es, del Ayuntamiento de Madrid, y la última campaña de Ecovidrio “Cómo quieres que te vea el vidrio si lo consideras basura”. Son de las primeras campañas que envuelven convenientemente el producto, en este caso el ahorro energético y la colaboración ciudadana en la separación selectiva de residuos. Ya no confían en los mensajes sencillos y directos de antaño: recicla, ahorra, por el planeta, sea usted solidario, por un mundo mejor, tarea de todos, etc.

Ahora los publicitarios han decidido, con muy buen criterio, introducir un punto de sofisticación y mala leche en un mercado, el del “ecomarketing social”, que lleva décadas ofreciendo menos de lo que podría dar. Seguro que van a obtener mejores resultados si convierten acciones solidarias como la de usar los contenedores y apagar la luz cuando no se necesita en gestos, además, elegantes.

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lunes 4 de agosto de 2008

Todo el mundo en contra


El primer plan de ahorro energético de España se presentó en 1973, bajo el lema “Aunque usted pueda pagarlo [el derroche energético] España no puede”. Decenas de planes de ahorro y eficiencia de la energía se han sucedido desde entonces, con esta pauta general: se anuncia el plan, a todo el mundo le parece bien, y todo vuelve a su cauce en pocos días, salvo las medidas generosamente subvencionadas, que son las que se ponen en práctica.

Hace unos días, el ministro de Industria (Miguel Sebastián) presentó su lista de 31 medidas “para reducir el consumo energético de España” y, aunque parezca mentira, coniguió poner a todo el mundo en contra. ¿Desde cuando un plan de ahorro energético del gobierno, que tiene la misma capacidad de levantar polémica que un llamamiento papal a la paz mundial, despierta tanta iracundia? Algo está cambiando, amigos.

Por ejemplo, el diario ABC calificó el discurso de Sebastián de “castrista”, por la medida anunciada por el ministro de sustituir millones de lámparas convencionales por versiones de bajo consumo. En general la derecha piensa que la lista de 31 medidas, bastante inocentes en su mayoría, no son más que una expresión del totalitarismo y estalinismo propio del zapaterismo.

El plan Sebastián presenta como principal novedad el énfasis en unir el ahorro y la eficiencia energética con la mejora económica y social del Estado, en lo que se califica ya como “patrotismo energético”, con frases como “Cada vez que cogemos el metro o reducimos el aire acondicionado hacemos algo por nuestro país”.

Dada su escasa dotación económica, su impacto principal pretende ser cultural: aquellos que conducen a toda velocidad, o los que nunca usan el transporte público, o los que ponen el aire acondionado a temperaturas árticas, o los que todavía tengan anticuadas bombillas de filamento, serán mirados como apestados por los buenos ciudadanos, igual que hoy está mal visto escupir en la calle (claro que también podrían ser mirados como héroes, si se produce el clásico vuelco del ciudadano irritado contra “los políticos” y contra todo lo que proponen).

El tiempo dirá si este famoso plan consigue algo, pero es muy buen síntoma que todo el mundo esté en contra. Los conductores se llevan las manos a la cabeza, invocando su sagrado derecho al desplazamiento rápido, la derecha reclama centrales nucleares en vez del “bucle melancólico de las fuentes naturales”, un columnista profesional afirma que las lámparas de bajo consumo “dan menos luz que un plátano colgado de una cuerda”, la apuesta por los coches eléctricos “es arriesgada”, el plan es “de juguete”, según El País, El Mundo duda que la reducción de la velocidad del tráfico pueda ahorrar 350 millones de toneladas de petróleo (no les falta razón, porque el consumo de petróleo de España en un año es sólo de 70 millones de toneladas), y así sucesivamente. Al final, hasta puede que este enésimo plan de ahorro de energía del gobierno sirva para algo.

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