Las carreteras, fuera de las ciudades

En un artículo publicado hoy mismo en El País, Miguel María Muñoz Medina, presidente de la Asociación Española de la Carretera, dice algo muy interesante: “En el caso del transporte por carretera… hay que separar el mundo urbano del interurbano”. Añade Muñoz Medina que el transporte urbano es responsable del 40% de las emisiones totales del transporte por carretera, y recomienda utilizar transporte público y vehículos limpios en este entorno ciudadano.
La propuesta nos recuerda algo que parece que se ha olvidado en los últimos años: que las calles no son carreteras. Cuando una carretera atraviesa una población pequeña, muchos municipios colocan chinchetas gigantes en el pavimento, de manera que la velocidad del los vehículos se reduce al mínimo, si no quieren perder la suspensión. Es una clara señal a los conductores de que están en otro medio ambiente, urbanizado, donde no se pueden comportar como en la carretera abierta.
No ocurre así en las grandes ciudades. En ellas, la consigna es pastorear el tráfico rodado lo más rápidamente posible a través de la ciudad. Con este fin, los semáforos se abren a los peatones el tiempo justo, las aceras están limitadas al ancho imprescindible, se construyen aparcamientos por doquier y hay infinidad de rondas, túneles y circunvalaciones para facilitar el tráfico rodado.
Va a costar dar la vuelta a esta situación, como pide el presidente de la Asociación Española de la Carretera, pero no va a quedar más remedio que hacerlo. Los conductores de automóviles deben saber que están fuera de lugar en la ciudad, que deben circular por ella (por las pocas calles que no serán peatonales) con pies de plomo y en vehículos silenciosos y que no empozoñen la atmósfera. En fin, amigo conductor, disfruta de tu vehículo y de su capacidad para llevarte a donde quieras cuando quieras… pero todo eso hazlo fuera de mi ciudad.
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